comida evaluada por una IA en un teléfono

Las herramientas que prometen registrar una comida con solo apuntar la cámara se han convertido en uno de los usos más visibles de la inteligencia artificial cotidiana. MyFitnessPal, Lose It!, Cal AI y Appediet ofrecen rapidez, comodidad y la sensación de que controlar la alimentación puede reducirse a una imagen. Pero una evaluación realizada con 102 comidas preparadas en una cocina metabólica de los institutos nacionales de salud de Estados Unidos encontró una diferencia significativa entre lo que mostraban las aplicaciones y los valores nutricionales reales.

En promedio, las cuatro plataformas calcularon entre 250 y 345 calorías menos por plato, aproximadamente un tercio por debajo de la cifra real. El mayor fallo estuvo en las grasas: las aplicaciones llegaron a subestimarlas en unos 30 gramos por comida, aunque identificaron mejor los carbohidratos. El resultado no sorprende del todo. Una imagen puede mostrar arroz, pollo o vegetales, pero difícilmente registra cuánto aceite se usó, qué contiene una salsa, el tamaño exacto de una porción o los ingredientes que quedaron ocultos debajo de otra capa de comida.

La noticia desmonta una de las promesas más seductoras de la tecnología de consumo: que un algoritmo puede sustituir el conocimiento, el contexto y la evaluación humana. Estas aplicaciones no son inútiles; pueden servir como registro aproximado o punto de partida para personas que buscan ordenar hábitos. El problema aparece cuando su publicidad presenta estimaciones como datos fiables y convierte la alimentación en una lista de números aparentemente objetivos. Para quienes siguen dietas por razones médicas, controlan diabetes, intentan perder peso o lidian con trastornos alimentarios, un error sistemático puede alimentar decisiones equivocadas, frustración y ansiedad.

También existe una dimensión social que suele quedar fuera de la conversación tecnológica. El mercado del bienestar ha convertido la vigilancia personal —peso, pasos, sueño, calorías y glucosa— en una industria de suscripciones, dispositivos y datos. No todas las personas tienen el mismo acceso a nutricionistas, alimentos variados o tiempo para planificar comidas. En países atravesados por inflación, escasez o bajos salarios, como Cuba, preguntar cuántas calorías tiene un plato puede ser menos urgente que preguntarse si ese plato estará disponible mañana. Una aplicación no puede resolver la falta de proteínas, el precio del aceite, los apagones que dañan alimentos refrigerados ni el deterioro del poder adquisitivo.

Las redes sociales han impulsado estas herramientas mediante videos rápidos: una foto, una cifra y la promesa de transformar hábitos sin esfuerzo. Esa estética de eficiencia oculta que la nutrición no es una ecuación aislada. La edad, el estado de salud, la actividad física, el acceso a alimentos y la relación emocional con la comida también cuentan. La recomendación de los investigadores es razonable: revisar las porciones, agregar ingredientes manualmente y no depender de la fotografía cuando la exactitud sea importante.

El estudio no es una invitación a desconfiar de toda tecnología, sino a exigir que las empresas expliquen mejor sus límites. La inteligencia artificial puede facilitar tareas, pero no debe vender certeza donde solo ofrece probabilidad. ¿Deberían estas plataformas advertir claramente su margen de error antes de mostrar una cifra? ¿Y por qué la innovación alimentaria se concentra tanto en contar calorías y tan poco en garantizar comidas saludables y asequibles para todos?