Curitiba continúa estructurando un ambicioso proyecto para soterrar redes de energía eléctrica y telecomunicaciones en zonas estratégicas de la ciudad. La propuesta contempla hasta 120 kilómetros de cableado subterráneo, con prioridad para áreas centrales, históricas, turísticas, densamente pobladas y vulnerables a problemas de resiliencia urbana. La inversión inicial se calcula en unos 1.200 millones de reales, por lo que la Alcaldía estudia una asociación público-privada con apoyo del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social, la empresa eléctrica Copel y equipos técnicos municipales.
El proyecto no consiste únicamente en “quitar cables” para embellecer avenidas. Las redes aéreas están expuestas a tormentas, vientos, ramas caídas, incendios, choques y conexiones irregulares; llevarlas al subsuelo puede reducir interrupciones y riesgos, además de liberar espacio para árboles de gran porte. En una ciudad que ha construido parte de su identidad alrededor del urbanismo y el transporte público, la medida se presenta como una modernización de largo plazo: menos postes, aceras más despejadas, mejor paisaje urbano y mayor capacidad para enfrentar eventos climáticos extremos.
La Avenida Visconde de Guarapuava es la primera pieza concreta de ese proceso. El Instituto de Pesquisa e Planejamento Urbano de Curitiba abrió una licitación para elaborar el anteproyecto de reurbanización, que incluye el enterramiento de las redes hoy instaladas en el separador central. El plan también prevé ciclovía continua, ampliación de aceras, accesibilidad universal, paisajismo, mobiliario urbano, iluminación, señalización y jardines de lluvia. Las firmas especializadas tenían hasta el 9 de septiembre para presentar propuestas; aún se trata de la fase técnica previa a los proyectos ejecutivos y a las obras.
Ahí aparece el debate de fondo. La estimación de 1.200 millones de reales equivale a unos 10 millones por kilómetro y representa aproximadamente el 7,5% de un presupuesto municipal anual de 16.000 millones. Por eso, una asociación público-privada puede parecer razonable, pero no es una fórmula neutra. Si el contrato prioriza rentabilidad sobre servicio público, las zonas de mayores ingresos, actividad comercial o valor turístico podrían recibir primero las mejoras, mientras barrios periféricos seguirían con infraestructura precaria, cortes de luz y aceras deterioradas.
Las publicaciones virales han celebrado el fin de los “enmarañados” de cables y muestran el plan como una idea que otras ciudades latinoamericanas deberían copiar. Esa reacción revela un deseo legítimo de vivir en entornos más seguros y cuidados. Pero la estética urbana no puede ser el único indicador de éxito. Una ciudad verdaderamente moderna no es la que esconde sus cables en el centro, sino la que reduce desigualdades de acceso a electricidad, conectividad, transporte, drenaje y espacios públicos en todos sus barrios.
El proyecto de Curitiba ofrece una oportunidad real de planificación urbana integrada, siempre que no se reduzca a una postal de renovación. Soterrar redes puede fortalecer la calidad del espacio público y la respuesta ante tormentas, pero debe ir acompañado de transparencia contractual, participación vecinal y criterios públicos de prioridad territorial. ¿Qué barrios entrarán primero al programa y con qué justificación? ¿La ciudad usará esta inversión para coser sus desigualdades o para hacer más rentable y visible solamente su zona central?
