Hospital Provincial Saturnino Lora y Garaje Lesli

La apertura de “Garaje Lesli”, un punto de venta dentro del área del Policlínico de Especialidades del Saturnino Lora, fue anunciada este 28 de agosto por la propia institución hospitalaria. El local ofrece jabón, gel antiséptico, papel higiénico, toallas húmedas, crema dental, champú, desodorante, pañales y otros artículos de aseo; también aparecen en sus estantes bebidas, golosinas, ropa, calzado y mochilas. Según el hospital, el objetivo es que pacientes, acompañantes y trabajadores no tengan que abandonar el centro para conseguir productos necesarios durante una hospitalización. El negocio opera de 8:00 a.m. a 6:00 p.m. y acepta pagos por transferencia bancaria mediante código QR.

En términos prácticos, es fácil entender por qué una familia puede recibir la noticia con alivio. Quien acompaña a un enfermo suele pasar horas, incluso días, resolviendo cuestiones que deberían estar fuera de la preocupación clínica: buscar jabón, pañales, papel sanitario, agua, alimentos o ropa limpia. En una ciudad donde el transporte es caro, irregular y agotador, disponer de esos productos dentro del hospital puede ahorrar tiempo y desplazamientos. Ese aspecto fue reconocido incluso por usuarios en redes, donde la posibilidad de pagar por QR fue mencionada como una ventaja frente a la escasez de efectivo y los obstáculos cotidianos para comprar.

El problema aparece cuando se revisan los precios visibles en las imágenes difundidas. Productos de higiene se muestran con valores de alrededor de 900, 1.200, 1.500, 2.500, 3.000, 3.400 y 3.800 pesos cubanos, mientras algunos alcanzan entre 4.500 y 5.000 CUP. No todos los artículos cuestan lo mismo ni las fotografías permiten precisar cada marca o formato, pero el dato general resulta difícil de ignorar: en el espacio destinado a atender a personas enfermas, la solución a necesidades básicas se traslada al mercado y queda condicionada por la capacidad de pago de cada hogar.

La comunicación institucional presenta el establecimiento como una mejora para el bienestar de la “comunidad hospitalaria”. Sin embargo, la polémica en medios independientes y perfiles de redes no gira solamente alrededor de si es útil tener una tienda cerca. La pregunta central es otra: ¿por qué artículos esenciales para el cuidado de un paciente deben comprarse a precios elevados dentro de uno de los principales hospitales de la provincia? Las críticas señalan una imagen especialmente dura: lo que no siempre se garantiza como parte de la atención cotidiana —aseo, pañales o insumos básicos— aparece disponible, pero como mercancía.

Cuba mantiene formalmente un sistema público de salud sin cobro directo por la consulta, la cirugía o el ingreso hospitalario. Esa conquista histórica sigue siendo relevante para millones de personas, sobre todo si se compara con modelos de privatización sanitaria que excluyen a quienes no pueden pagar. Pero gratuidad no equivale automáticamente a acceso material pleno. Una hospitalización puede implicar gastos indirectos crecientes para las familias: transporte, alimentación, higiene, conexión telefónica, acompañamiento y pérdida de jornadas laborales. Para trabajadores estatales, jubilados, madres cuidadoras y hogares sin remesas, estos desembolsos pueden convertirse en una carga que profundiza desigualdades.

La tienda del Saturnino Lora expresa una adaptación a la crisis más que una solución estructural. Puede ofrecer una comodidad puntual, pero también normaliza que el enfermo y su familia sean consumidores en un lugar donde deberían concentrarse en la atención y la recuperación. La cuestión no es negar el derecho de un pequeño negocio a operar ni idealizar un sistema desabastecido; es preguntarse qué prioridades revela esta escena. Si un hospital necesita una tienda para cubrir carencias básicas de sus pacientes, ¿cuándo esas necesidades volverán a estar garantizadas sin depender del bolsillo? ¿Y quién responde por la distancia entre el discurso de protección social y la experiencia diaria de enfermar en Cuba?