La alerta salió de una fuente estatal: la doctora Yaneisy Valdés Gutiérrez, directora en funciones del Hospital Provincial Camilo Cienfuegos, confirmó que el centro atendió durante agosto cinco intoxicaciones asociadas al consumo de Shaka. Cuatro pacientes llegaron con cefalea, vómitos, decaimiento, sudoración y taquicardia; evolucionaron favorablemente tras varias horas de observación. El quinto caso fue más grave: una joven ingresó prácticamente en coma a la Unidad de Cuidados Intensivos y requirió ventilación mecánica. No se han comunicado fallecimientos relacionados con estos episodios.
Shaka se vende como bebida energizante, una etiqueta que puede resultar engañosa para consumidores jóvenes y familias. Según la especialista, contiene cafeína, azúcar, taurina, saborizantes y otros estimulantes. Algunas variantes incluyen alcohol: Shaka Mixer Energy-Vodka, comercializada en latas de 250 mililitros, combina energizante con vodka y tiene alrededor de 18% de graduación alcohólica. Otros reportes señalan presentaciones de hasta 22%. El sabor dulce y la publicidad de una bebida asociada a fiesta pueden ocultar el hecho esencial: no se trata de un refresco, sino de un producto alcohólico con compuestos estimulantes.
La combinación explica parte del riesgo. El alcohol actúa como depresor del sistema nervioso, mientras la cafeína y otros estimulantes pueden generar una sensación transitoria de energía, euforia o menor percepción de embriaguez. Esa contradicción favorece el consumo excesivo: la persona puede sentirse activa sin advertir con claridad el grado de intoxicación. En uno de los casos reportados, un joven habría mezclado cerveza y ron con tres latas de Shaka; llegó agitado, irritable y eufórico, y debió ser contenido en el hospital. La información disponible no establece que todas las intoxicaciones respondieran al mismo patrón ni que solo Shaka explique cada cuadro, pero sí justifica una alerta preventiva seria.
El caso también expone una falla de regulación y comunicación. La propia directora del hospital propuso que la comercialización del producto se rija por las normas aplicables a las bebidas alcohólicas y que se prohíba venderlo a menores de 18 años. La recomendación parece elemental, pero plantea una pregunta incómoda: si el producto tiene alcohol, ¿por qué su presentación, venta y difusión permitieron que se instalara como una bebida energética de moda entre adolescentes? Una lata puede costar entre 450 y 600 pesos en el mercado privado, un precio elevado para muchas familias, pero accesible para grupos de jóvenes que reúnen dinero para una salida o una fiesta.
Las reacciones en redes muestran alarma, pero también la normalización del consumo. Videos, publicaciones y comentarios repiten la advertencia sobre la joven intubada, mientras otros usuarios cuentan que el Shaka circula con facilidad en cafeterías, bares y negocios privados. El problema no se reduce a responsabilizar al consumidor: jóvenes con escasas opciones de ocio, presión de grupo y exposición a productos atractivos necesitan información clara, atención temprana y entornos donde pedir ayuda no implique estigma. También los vendedores deben asumir obligaciones concretas sobre edad, etiquetado, promoción y venta responsable.
La intoxicación de cinco jóvenes no debería convertirse en una anécdota viral de pocos días. Es una señal de que la política sanitaria debe llegar antes que la sala de urgencias: controles verificables, rotulado visible, límites de edad, inspección de puntos de venta y campañas que hablen sin moralismo sobre alcohol y estimulantes. Proteger a la juventud no significa vigilarla de forma punitiva, sino evitar que una bebida presentada como diversión termine en una cama de terapia intensiva. ¿Quién fiscaliza hoy estos productos y sus puntos de venta? ¿Cuántos casos no llegan al hospital o quedan fuera de los registros públicos?
