Las autoridades del sur de Líbano lanzaron el lunes un mensaje tan esperado como inquietante: a pesar del anuncio de un acuerdo entre Estados Unidos e Irán para detener la guerra y reabrir el Estrecho de Ormuz, pidieron a las personas desplazadas que no regresaran todavía a sus hogares. Según informó la agencia estatal National News Agency, los ayuntamientos de la región emitieron comunicados para que la población “pospusiera su regreso”, mientras en el terreno seguían presentes las tropas israelíes en una franja de seguridad autoproclamada. Tres meses de combates entre Israel y Hezbolá han dejado miles de muertos y alrededor de 1,2 millones de personas forzadas a huir dentro del país, lo que convierte esta crisis en una de las más graves que ha vivido Líbano en décadas. ¿Cómo se explica que haya un anuncio de alto el fuego regional, pero el miedo y la ocupación sigan marcando la vida cotidiana?
El acuerdo entre Washington y Teherán fue presentado por el primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, como un pacto que ordena “el cese inmediato y permanente de las operaciones militares en todos los frentes, incluido Líbano”. Irán, cuyo Cuerpo de la Guardia Revolucionaria ayudó a fundar Hezbolá en 1982, había insistido en que un alto el fuego en territorio libanés formara parte de cualquier entendimiento más amplio con Estados Unidos. El presidente del Parlamento libanés, Nabih Berri, llegó a agradecer públicamente tanto a Irán como a Estados Unidos por incluir en el texto una cláusula para detener los ataques israelíes en el país, calificándolo de “obligatorio” para las partes. Sin embargo, la realidad sobre el terreno muestra una brecha entre el documento diplomático y los movimientos militares. ¿De qué sirve un acuerdo si uno de los actores clave no se siente vinculado por él?
Israel ha dejado claro que no se considera parte de ese pacto. El ministro de Defensa, Israel Katz, declaró que su país no se retirará de las zonas de seguridad establecidas en el sur de Líbano, así como en Gaza y Siria, y advirtió que responderá con “gran fuerza” si Irán decide atacar a Israel tras los últimos acontecimientos. De acuerdo con despachos de agencias internacionales, el ejército israelí lleva semanas arrasando localidades del sur bajo el argumento de combatir a combatientes de Hezbolá “infiltrados en áreas civiles” de mayoría chiita, lo que ha obligado a cientos de miles de habitantes a refugiarse en otras regiones de Líbano. En ese contexto, Katz afirmó que la franja de seguridad sería “despejada de residentes locales y de toda infraestructura terrorista, incluidas las casas de las aldeas colindantes”, en clara referencia al movimiento respaldado por Teherán. ¿Puede hablarse realmente de posguerra cuando un ministro anuncia planes para vaciar y demoler pueblos enteros?
Las historias personales revelan el peso de esa incertidumbre. Mona Mazeh, una mujer desplazada que se refugia en el barrio de Hamra, en Beirut, dijo a los periodistas que no piensa regresar todavía a su localidad cerca de Tiro: “Francamente, tenemos dudas; no se puede confiar en Israel”, expresó, reflejando el temor compartido por muchos de los que huyeron de los bombardeos. En Nabatieh, una de las ciudades más dañadas del sur, Mohamed Daqdouq volvió brevemente a ver el estado de su vivienda y describió la escena con resignación: “Necesitaremos toda una vida para reconstruirla, para volver a levantarla y devolver a Nabatieh a su estado anterior”. Aunque los combates habrían disminuido tras el anuncio del acuerdo entre Estados Unidos e Irán, las imágenes de casas destruidas, infraestructuras colapsadas y campos vacíos alimentan la sensación de que el retorno seguro aún está lejos. ¿Cómo se reconstruye un hogar —y una confianza— cuando el suelo sigue militarizado y las heridas son tan recientes?
Detrás de estos movimientos hay una disputa mayor sobre quién controla la seguridad y el futuro político de Líbano. Analistas citados por medios especializados recuerdan que Teherán veía en esta negociación una forma de incluir a sus aliados regionales, como Hezbolá, en un esquema de desescalada, mientras que Israel insiste en que “Líbano no está incluido” en ningún alto el fuego que limite su acción contra el grupo chiita. Mientras tanto, voces libanesas piden garantías reales sobre el fin de los ataques y la salida de tropas, así como apoyo internacional para la reconstrucción y el regreso digno de más de un millón de desplazados. ¿Será este acuerdo el principio de una paz duradera o solo un paréntesis en un ciclo de violencia que ya ha golpeado demasiadas veces al mismo territorio? La respuesta dependerá tanto de lo que se firme en las capitales como de lo que ocurra en las aldeas del sur.
