Las declaraciones de Amoroso llegan después de la entrevista concedida por Díaz-Canel al diario brasileño Folha de São Paulo, donde defendió que Cuba sigue “en pie”, atribuyó la crisis a la presión estadounidense y sostuvo que las reformas económicas no significan una vuelta al capitalismo. El mandatario afirmó, además, que millones de cubanos estarían dispuestos a defender la Revolución. La explicación del bloqueo como factor decisivo tiene bases reales: las sanciones estadounidenses encarecen operaciones financieras, comercio y acceso a combustibles. Pero esa explicación no responde por sí sola a años de baja productividad, centralización, escasa transparencia y decisiones internas que también han erosionado la vida material de la población.
Amoroso, corresponsal de TN y Canal 13, entró a Cuba como turista para realizar el documental Cuba: La isla que se apaga. En una entrevista difundida por Telemundo 51, describió conversaciones con personas de distintas posiciones políticas y afirmó que incluso una entrevistada identificada como revolucionaria reclamó elecciones y la posibilidad de escoger representantes. Se trata de testimonios, no de una encuesta nacional ni de una demostración estadística del sentir del país; sin embargo, su valor está en reflejar un tipo de conversación que rara vez aparece en la prensa estatal: la de ciudadanos que pueden conservar referencias históricas de la Revolución y, al mismo tiempo, cuestionar el funcionamiento político actual.
La distancia entre ambos relatos no es menor. El Gobierno insiste en que enfrenta una agresión económica externa y que las medidas recientes buscan actualizar el modelo sin desmontar su orientación socialista. Amoroso, por su parte, describe apagones, deterioro urbano, problemas de transporte y hogares donde la comida deja de ser una certeza cotidiana. Cuando una persona calcula que trasladarse al empleo cuesta más de lo que puede asumir, el problema deja de ser solo salarial: se convierte en ausentismo, menor productividad, dependencia de remesas y expansión de estrategias informales de supervivencia.
Desde una mirada de izquierda, defender derechos sociales exige hablar también de su deterioro concreto. No basta con invocar soberanía si el salario estatal no alcanza, si los jóvenes visualizan la emigración como salida principal o si las familias dedican el día a conseguir alimentos, agua, transporte y electricidad. El bloqueo estadounidense debe ser condenado por su impacto sobre la población civil, pero usarlo como explicación única corre el riesgo de borrar responsabilidades administrativas, desigualdades crecientes y la falta de canales públicos eficaces para reclamar, fiscalizar y corregir políticas.
Las redes sociales han amplificado las palabras de Amoroso porque conectan con una sensación reconocible: la vida cotidiana puede desmentir más rápido que cualquier discurso institucional. La frase sobre ciudadanos “reducidos a sobrevivir” resume una realidad política importante: el descontento no siempre deriva en protesta organizada. El miedo, el cansancio, la vigilancia, la migración y la urgencia por resolver lo básico fragmentan la capacidad de acción colectiva, incluso cuando existen críticas profundas al rumbo del país.
El desafío para Cuba no consiste únicamente en resistir presiones externas, sino en construir mecanismos verificables de participación, rendición de cuentas y protección material para quienes viven de su trabajo. La entrevista de Amoroso no puede presentarse como retrato absoluto de once millones de personas, pero tampoco debería despacharse como propaganda adversaria sin discutir lo que narra. Si tantos cubanos viven al límite de la supervivencia, ¿qué contenido real conserva la promesa de justicia social? ¿Y cuándo podrá expresarse el desacuerdo sin que sea tratado automáticamente como una amenaza política?
