“¿Los funcionarios del Gobierno cubano enfrentan los mismos apagones y escasez que el resto de la población?”. La pregunta de Antonia Hylton al viceministro de Relaciones Exteriores, Carlos Fernández de Cossío, en The Assignment de MS NOW, puso en palabras una sospecha extendida entre los cubanos. El planteamiento no se limitó a la crisis energética: apuntó directamente a la relación entre conexiones políticas, cargos estatales y acceso diferenciado a comida, electricidad y otros recursos básicos.
La pregunta llega en un momento de deterioro prolongado de la vida cotidiana. Los apagones programados e imprevistos condicionan horarios laborales, conservación de alimentos, transporte, estudio y descanso. En muchos hogares, cada corte obliga a reorganizar tareas elementales: cargar agua, cocinar, usar equipos eléctricos o mantener medicamentos refrigerados. Para quienes no cuentan con plantas, baterías, familiares en el exterior o ingresos en divisas, la crisis no es una abstracción geopolítica, sino un límite diario.
El discurso oficial cubano atribuye el agravamiento de esta situación al bloqueo estadounidense, las restricciones financieras, la falta de combustible y el impacto de contingencias internacionales. Es una explicación con elementos atendibles: las sanciones afectan operaciones bancarias, importaciones, créditos y contratos con terceros países. Sin embargo, esa explicación no responde por sí sola a la desigual distribución de recursos dentro de Cuba ni a la opacidad sobre quién recibe protección efectiva frente a la escasez.
Ahí radica la importancia de la insistencia de Hylton. La periodista no preguntó únicamente si hay apagones o falta de alimentos; preguntó si esas privaciones alcanzan por igual a quienes ocupan cargos de poder. Esa diferencia cambia el sentido de la discusión. Si los sectores con influencia política tienen mejor acceso a electricidad, transporte, alimentos o divisas, la crisis deja de presentarse como una carga nacional compartida y revela una jerarquía material que el lenguaje de igualdad socialista ha intentado minimizar.
En redes sociales, este tipo de cuestionamiento conecta con experiencias repetidas: vecinos que ven iluminadas determinadas zonas durante largos apagones, trabajadores que contrastan sus salarios con precios dolarizados y familias que dependen de remesas para resolver necesidades básicas. También alimenta un malestar menos visible en estadísticas oficiales: la percepción de que el sacrificio se exige de forma desigual. Jóvenes, empleados estatales y pensionados viven esa distancia con especial dureza, porque sus ingresos en moneda nacional pierden capacidad de compra mientras crecen los espacios de consumo vinculados a divisas.
La entrevista ocurre, además, antes de un nuevo período de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas, donde Cuba volverá a defender su demanda contra el embargo y las sanciones. Esa denuncia puede ser legítima, pero su fuerza política disminuye cuando no se acompaña de transparencia sobre la administración interna de recursos escasos. Defender soberanía ante Washington no debería impedir responder con claridad a una pregunta sobre privilegios, responsabilidades y mecanismos de acceso dentro del país.
El momento expuesto por Antonia Hylton revela un conflicto de fondo: la población no solo reclama más electricidad o alimentos, sino criterios públicos y justos para distribuirlos. ¿Puede el Gobierno sostener un discurso de igualdad sin explicar las diferencias reales de acceso? ¿Habrá espacio para debatir esos privilegios sin convertir toda crítica en un argumento de enemistad política?
