Bad Bunny en poster de DTMF y Bad Bunny en concierto de cierre de gira con la bandera de Puerto Rico de fondo

Bad Bunny cerró el 23 de agosto su gira mundial Debí Tirar Más Fotos con dos presentaciones consecutivas, el sábado 22 y el domingo 23, en el Estadio Hiram Bithorn de San Juan. Según el comunicado citado por CNN en Español, los recitales reunieron a unas 70.000 personas entre ambas noches. El desenlace no fue improvisado: llevó el lema “Cerramos en casa”, una frase sencilla que convirtió el retorno a Puerto Rico en el centro simbólico de una gira internacional.

 

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La magnitud del evento se entiende mejor al mirar su recorrido. La gira cerró después de 55 conciertos en 22 países de Norteamérica, América Latina, Europa y Australia, de acuerdo con CNN; otros recuentos elevan el total a 57 actuaciones al incluir las dos fechas finales de San Juan. Antes de viajar por el mundo, Benito Martínez Ocasio había realizado una residencia de 31 funciones en el Coliseo de Puerto Rico José Miguel Agrelot. Esa escala local, lejos de ser una pausa menor, consolidó una idea que su proyecto ha trabajado con persistencia: Puerto Rico no es solo un punto de partida que debe abandonarse para triunfar, sino un centro cultural capaz de convocar al planeta.

El interés por las últimas fechas fue descomunal. Las entradas se agotaron en menos de seis horas, mientras más de un millón de personas ingresaron a la fila virtual para intentar comprar boletos, según reportes sobre la venta. Para el público que sí consiguió acceso, el espectáculo incluyó experiencias previas y ajustes de transporte público mediante guaguas gratuitas desde una estación cercana al Coliseo de Puerto Rico, una señal de que la logística de grandes conciertos ya impacta la vida cotidiana de la ciudad. Pero el entusiasmo digital también tuvo una cara menos celebrada: cuando la demanda supera por tanto la oferta, la exclusión no desaparece; cambia de forma y favorece a quienes tienen conexión estable, tiempo, dinero y suerte.

La conversación en redes fue masiva, entre videos de invitados, repertorios y emociones de quienes asistieron. CNN en Español y la cuenta del medio en Threads destacaron el carácter de despedida de la gira y el lleno completo de ambas noches. El mensaje más repetido no fue solo musical, sino territorial: cerrar en casa, después de haber llenado estadios en el extranjero, funciona como reivindicación de la identidad puertorriqueña frente a una relación colonial no resuelta con Estados Unidos y frente a la presión económica que obliga a tantos jóvenes a migrar.

Sin embargo, conviene no idealizar el fenómeno. Bad Bunny es uno de los artistas más poderosos de la industria global, y su éxito moviliza patrocinios, plataformas, aerolíneas, hoteles y reventa de entradas. La misma economía cultural que amplifica un discurso de pertenencia puede convertirlo rápidamente en marca. Que Puerto Rico haya sido el final de la gira tiene un valor político y afectivo evidente, pero también plantea una pregunta sobre quién captura los beneficios de esa visibilidad: ¿las comunidades, los trabajadores culturales y los negocios de barrio, o las grandes empresas que administran el espectáculo?

Para los jóvenes cubanos que siguen estas imágenes desde una conectividad desigual y con una vida cotidiana marcada por crisis, apagones y salida migratoria, el evento puede leerse de forma cercana. La música urbana caribeña ofrece pertenencia, lenguaje y aspiración; también evidencia la distancia entre crear cultura desde el Caribe y poder vivir dignamente de ella. El regreso de Bad Bunny a San Juan demuestra que una identidad insular puede ser mundial sin borrarse. La cuestión abierta es otra: ¿podrá esa potencia cultural traducirse en derechos, oportunidades y permanencia para quienes no ocupan un escenario? ¿O seguirá siendo la migración la principal ruta para que el talento caribeño alcance reconocimiento?