Frederich Cepeda, una de las figuras ofensivas más importantes de la pelota cubana contemporánea, ha comenzado a integrarse al trabajo técnico de la preselección nacional juvenil que se prepara en Santiago de Cuba para el Premundial de octubre. Lo hace sin abandonar su condición de jugador activo: según la información divulgada, inicia a las cinco de la mañana su preparación personal para la próxima Serie Nacional y, tres horas después, se traslada al estadio Guillermón Moncada para trabajar como entrenador. El gesto tiene una potencia simbólica evidente: una leyenda aún en competencia pasa de producir carreras a enseñar cómo se construye un turno al bate.
Cepeda no llega a esa función por nostalgia ni por un nombre inflado. Con 27 temporadas en el béisbol nacional, superó este año los 2.600 hits en campeonatos cubanos, una marca sin precedentes en el circuito doméstico. El hito lo alcanzó durante la IV Liga Élite, en un juego entre Mayabeque y Matanzas, después de haber cerrado la Serie Nacional anterior con 2.599 imparables. Su expediente también incluye cuatro Clásicos Mundiales y liderazgos históricos cubanos en estadísticas como hits, embasado, bases por bolas y dobles.
Que un jugador de esa trayectoria trabaje con adolescentes puede ser una buena noticia para el desarrollo técnico. En un béisbol cada vez más afectado por salidas de talentos, inestabilidad de plantillas y pérdida de referentes, la enseñanza directa de mecánica de bateo, selección de lanzamientos, preparación mental y disciplina competitiva tiene un valor difícil de reemplazar. Los muchachos que aspiran a representar a Cuba en el Premundial no solo reciben indicaciones de un exastro sentado en una oficina: ven a un pelotero que continúa entrenando, compitiendo y sosteniendo una rutina profesional.
Sin embargo, el entusiasmo no debe ocultar los problemas estructurales. Que una estrella en activo deba combinar en un mismo día la preparación para jugar y la responsabilidad de formar atletas plantea interrogantes sobre la disponibilidad de entrenadores especializados, salarios técnicos y planificación de la cantera. La solución no puede depender siempre de la entrega extraordinaria de una figura consagrada. Si el sistema deportivo reconoce la importancia de Cepeda, debería garantizar que su experiencia se convierta en un programa estable de mentoría, con herramientas, tiempo de trabajo y condiciones para formar a otros instructores.
El escenario es especialmente sensible en Santiago de Cuba, provincia con tradición beisbolera y una afición exigente. El Guillermón Moncada no es solo un estadio: es un espacio donde generaciones de jugadores y aficionados han construido identidad local. Para jóvenes que crecen entre crisis económica, dificultades de transporte, escasez de implementos y opciones crecientes de emigración, el béisbol puede seguir siendo una ruta de reconocimiento y movilidad. Pero esa ruta será frágil si la Federación no ofrece claridad sobre contratos, protección laboral, oportunidades internacionales y el derecho de los atletas a decidir su futuro sin ser castigados.
Las reacciones favorables en redes suelen presentar este paso como el “debut” de Cepeda en los banquillos. La fórmula puede ser atractiva, aunque resulta más preciso hablar de una transición: el pelotero no se ha retirado y su presencia en el terreno sigue teniendo peso competitivo. En mayo, Escambray destacó que alcanzó los 2.600 imparables y confirmó la continuidad de una carrera excepcional. Ese dato ayuda a explicar por qué su experiencia genera expectativa entre jugadores jóvenes y aficionados: no es un recuerdo remoto, sino un conocimiento todavía sometido a la prueba cotidiana del juego.
El reto será transformar esta noticia en política deportiva y no dejarla como una anécdota inspiradora. Cepeda puede ayudar a formar bateadores más completos, pero no puede suplir por sí solo las carencias de infraestructura, nutrición, atención médica, transparencia institucional y retención de talento. ¿Habrá un plan real para que otros veteranos transmitan saberes sin precarizar su trabajo? ¿Podrá el béisbol cubano cuidar a sus prospectos antes de que la emigración vuelva a ser la única alternativa visible?
