Cuba concluyó los VI Juegos Panamericanos de la Juventud Sorda, celebrados en Guayaquil, con 26 medallas: siete de oro, diez de plata y nueve de bronce. El balance se repartió entre atletismo, tenis de mesa y ajedrez, con 17 preseas en la pista y el campo, tres en la mesa y seis sobre el tablero. El resultado coloca a una delegación pequeña en una posición destacada dentro del certamen y confirma que el deporte adaptado cubano conserva una reserva de talento que suele recibir menos visibilidad, recursos y cobertura que las selecciones convencionales.
La gran figura fue Katherine Garzón, ganadora de los 100, 200 y 400 metros. La atleta capitalina había iniciado el torneo con triunfos en los 100 metros, con 12,9 segundos, y en los 400, con un minuto exacto; después completó su triplete en la velocidad. En declaraciones a JIT, Garzón describió esas primeras medallas internacionales como fruto del sacrificio cotidiano y las dedicó a su familia y al país. Su dominio en Guayaquil trasciende una estadística: ofrece una imagen potente de una joven deportista sorda que compite y gana en un escenario continental sin que su condición reduzca la exigencia de su desempeño.
El atletismo aportó también el oro de Gustavo Martínez en lanzamiento de la bala y el de Yon Jairon Rondón en salto de longitud. Martínez añadió platas en jabalina, mientras Rondón sumó dos bronces en jabalina y bala. Erick Quintana, Alejandro Machado, Eliecer Lugo, Ibelice Marrero, Keila Reves y Kevin Sánchez completaron una cosecha que muestra amplitud en velocidad, saltos y lanzamientos. No es casual que el atletismo sea el principal sostén del medallero: sus pruebas permiten identificar talento desde edades tempranas, pero sostenerlo requiere instalaciones, transporte, alimentación deportiva, atención médica y entrenadores con preparación específica.
En tenis de mesa, Ariagny Álvarez conquistó el oro individual femenino; Kelly Rodríguez obtuvo bronce, y Álvarez junto a Andy Amador subieron al podio con un tercer lugar en el doble mixto. El ajedrez entregó un oro para Ana Salvia en el clásico femenino, cinco platas para Luis Machado y Ania Salvia en varias modalidades, además de la competencia por equipos, según el balance divulgado. Estas medallas ponen en cuestión una idea todavía extendida: que el deporte para personas sordas es una actividad secundaria o meramente terapéutica. Los resultados prueban lo contrario: hay preparación técnica, estrategia, disciplina y competencia internacional de alto nivel.
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La celebración oficial suele concentrarse en himnos, banderas y mensajes de orgullo nacional. Eso es comprensible, pero resulta insuficiente. La sordera implica barreras de comunicación que no desaparecen con una medalla. Para que un atleta llegue a Guayaquil necesita acceso temprano a educación inclusiva o especializada, intérpretes de lengua de señas, diagnósticos oportunos, apoyo familiar, información accesible y espacios deportivos capaces de adaptar métodos de entrenamiento. Las victorias de esta delegación deberían servir para exigir esas condiciones a escala nacional, no para ocultar sus déficits detrás de una foto de podio.
En redes, los videos y mensajes sobre Garzón han concentrado buena parte de la celebración; su victoria en los 100 metros fue confirmada también por medios mexicanos que siguieron la competencia de sus atletas, con registros cercanos entre las finalistas. Esa circulación regional ayuda a sacar a estos Juegos de los márgenes informativos. Sin embargo, el entusiasmo dura poco si después desaparece el seguimiento: muchos atletas con discapacidad enfrentan escasa divulgación, limitaciones materiales y una transición difícil hacia estudios, empleo y deporte de alto rendimiento.
El medallero de Guayaquil no debe leerse como un cierre feliz, sino como una obligación pública. El país puede sentirse orgulloso de sus 26 preseas, pero debe medir el éxito también por el acceso de niñas, niños y jóvenes sordos a entrenar, estudiar y participar sin depender de esfuerzos excepcionales. ¿Recibirán Garzón y sus compañeros recursos sostenidos para continuar sus carreras? ¿O volverán a ser visibles solo cuando una victoria internacional permita celebrar una cifra?
