“¿Día cero del cambio o otro montaje político? El Comité Central se cita de urgencia.”

El Buró Político del Partido Comunista de Cuba ha convocado con carácter extraordinario al Comité Central para el 17 de junio, en plena tormenta económica y bajo fuerte presión internacional. La reunión llega inmediatamente después de que Miguel Díaz‑Canel presentara un amplio paquete de reformas, presentado como un intento de “liberalizar y desburocratizar la economía nacional” y adaptar el país a “las exigencias de los tiempos actuales”. El Pleno, según la comunicación oficial, tendrá la misión de “evaluar propuestas de transformaciones económicas y sociales”, una formulación que suena técnica, pero que en la práctica supone decidir hasta dónde está dispuesto el poder político a mover las líneas rojas del sistema. En un contexto de apagones, malestar social y sanciones reforzadas por Estados Unidos, la pregunta es inevitable: ¿es esto el inicio de un giro político profundo o un reajuste controlado para ganar tiempo?

El trasfondo es una crisis de múltiples frentes. Cuba enfrenta cortes eléctricos prolongados, una fuerte caída del peso frente al dólar, escasez de alimentos y combustible y un deterioro visible en servicios básicos. A ello se añade el cerco económico impulsado por la administración de Donald Trump, que ha endurecido sanciones, presiona a socios energéticos de La Habana y ha provocado la retirada parcial de cadenas hoteleras extranjeras, dejando al Gobierno sin parte de su oxígeno financiero. En este escenario, Díaz‑Canel reconoció que “son tiempos en que hay que cambiar” y habló de un “Programa Económico y Social para 2026” diseñado para descentralizar decisiones, atraer divisas y recortar burocracia estatal. ¿Bastará un diseño tecnocrático si el problema de fondo es también político, institucional y de confianza?

Las medidas que se van a revisar en el Pleno son, sobre el papel, de calado político aunque se presenten como meros ajustes económicos. El presidente ha prometido que los municipios tendrán “todas las posibilidades de decidir cuáles son sus empresas, cuáles son sus actores económicos” y gestionar directamente sus ingresos en divisas, incluyendo operaciones de comercio exterior sin intermediación obligatoria de importadoras estatales. El plan contempla eliminar esas empresas intermediarias, permitir que los gobiernos locales importen y exporten por sí mismos y dar más margen a las empresas estatales para fijar salarios, reinvertir utilidades y operar en el mercado cambiario. Además, se propone abrir la inversión a cubanos residentes en el exterior “en igualdad de condiciones” con los que viven en la isla y ampliar el espacio del sector privado en áreas donde hasta ahora predominaba el monopolio estatal. Si se aplica como se anuncia, ¿no implica esto una redistribución real de poder económico dentro del propio régimen?

Otro frente delicado que el Comité Central deberá examinar es el social. Las autoridades hablan de “acabar con las contradicciones entre planificación central y mercado” y de avanzar hacia la eliminación gradual de los subsidios universales a productos básicos, para concentrarlos solo en las personas vulnerables. La reforma del aparato estatal incluye reducir de 27 a 20 ministerios y una “reducción significativa” de empleados públicos, en teoría para construir un Estado “más ágil” y con “menos burocracia”. En la práctica, esto supone tocar la libreta de racionamiento, recortar estructuras administrativas y redefinir quién recibe ayudas y quién queda fuera, algo que tendrá un fuerte impacto político en una población ya golpeada por la inflación y el deterioro del nivel de vida. ¿Cómo reaccionarán los ciudadanos si perciben que las reformas se traducen en más sacrificios presentes a cambio de promesas futuras?

El Pleno Extraordinario será, sobre todo, una escena de alta política. El comunicado adelanta que las medidas serán primero “ratificadas” por el Buró Político y luego presentadas a la Asamblea Nacional, un órgano que, como recordó la propia prensa oficial, siempre aprueba por unanimidad las propuestas que le llegan. Esto coloca al Comité Central como filtro real de las reformas: puede respaldar el paquete casi sin cambios o rebajarlo en nombre de la “prudencia” y la “defensa del socialismo”. Observadores señalan que el encuentro medirá la capacidad de Díaz‑Canel para arrastrar a la élite partidista detrás de un programa que habla de más mercado, más autonomía local y más espacio para la diáspora, sin ceder el mando político. En una Cuba fatigada por promesas incumplidas, muchos mirarán al 17 de junio como un termómetro: ¿habrá una verdadera reconfiguración del poder o solo un nuevo capítulo del mismo guion?

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