En Quilmes, al sur del Gran Buenos Aires, un gran mural con las figuras de Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara se inauguró como parte de la campaña “100 murales por Fidel”, una iniciativa impulsada por el Partido Comunista de Quilmes, la Federación Juvenil Comunista y el Movimiento Cultural Popular. Según los organizadores, la idea es “poner en valor y recuperar la identidad y los sueños” asociados al liderazgo de Fidel, ubicando estos murales en paredones de barrios populares, sedes partidarias y espacios comunitarios. Para sus promotores, Fidel sigue siendo “un referente de dignidad y resistencia”, en palabras del artista Isaac Benapres, uno de los impulsores del primer mural en la ciudad.

Mientras en Argentina se rinde homenaje al líder cubano con pintura y consignas, los informes de organismos internacionales construyen una imagen muy distinta sobre la realidad actual de la isla. La Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la CIDH ha documentado “restricciones estructurales” a la libertad de expresión en Cuba, incluyendo el monopolio estatal sobre los medios de comunicación y figuras penales que castigan la crítica política. En un comunicado de 2025, la propia CIDH advirtió sobre “detenciones arbitrarias, procesos penales sin garantías y vigilancia” contra periodistas, activistas y personas que protestan en un contexto de crisis económica y escasez. ¿Cómo se leen, entonces, estos murales de exaltación en un país y las denuncias de silenciamiento en el otro?

El contraste se amplía cuando se observan otros reportes, como los de organizaciones de derechos humanos que señalan la persistencia de presos de conciencia y restricciones al disenso. Amnistía Internacional y la Relatoría de la OEA han descrito un entorno donde las manifestaciones pacíficas pueden terminar en “uso excesivo de la fuerza y criminalización”, y donde las voces críticas corren el riesgo de ser encarceladas, multadas o sometidas a vigilancia permanente. Al mismo tiempo, en Quilmes y otras ciudades argentinas, sectores militantes celebran la figura de Fidel como símbolo de antiimperialismo y justicia social, organizando festivales, charlas y murales en su honor.

Esta tensión entre memoria y presente plantea preguntas incómodas: ¿es posible separar al líder histórico de la situación actual del país que gobernó? ¿Hasta qué punto los murales en Argentina reflejan una lectura romántica de la Revolución, mientras informes oficiales describen un escenario de censura, control informativo y persecución política? Los promotores de la campaña “100 murales por Fidel” insisten en resaltar “los sueños que nos enseñó” y la idea de resistencia frente a las desigualdades globales, pero los datos de los organismos interamericanos y de derechos humanos recuerdan que, hoy, en Cuba la crítica abierta al poder sigue teniendo un costo alto.

En última instancia, el mural de Fidel y el Che en Quilmes funciona casi como un espejo invertido: mientras en un barrio bonaerense se pinta a dos figuras como emblemas de libertades y luchas populares, en la isla que los vio gobernar se siguen registrando casos de personas encarceladas o castigadas por expresarse. ¿Puede el arte militante en el exterior ignorar esos informes, o debería integrarlos a la conversación cuando decide homenajear a determinados líderes? Más que cerrar el debate, la imagen de Fidel sobre una pared argentina, junto a los reportes sobre censura y represión, abre una discusión necesaria sobre memoria, coherencia y derechos humanos en clave latinoamericana.