Fabio Fernández, Mariana Camejo y Maykel Vivero

El programa La Reunión, de La Joven Cuba, dedicó casi una hora a discutir el Reporte sobre la Economía Cubana correspondiente al primer semestre de 2026, elaborado por el Centro de Estudios de la Economía Cubana de la Universidad de La Habana. El documento fue presentado el 25 de septiembre y ofrece una fotografía de los primeros seis meses del año, antes de que fueran aprobadas las 176 transformaciones económicas y sociales anunciadas por el Gobierno en junio. Esa precisión importa: el informe no mide aún los efectos de la nueva batería de reformas, pero sí describe el terreno profundamente deteriorado sobre el que deberán actuar.

La cifra más elocuente es la inflación. El reporte sitúa el aumento acumulado de precios en 12,24% entre enero y junio, frente al 8,26% registrado en igual periodo de 2025; la variación interanual alcanzó 18,27% al cierre de junio. Los analistas del CEEC advierten que, si persisten las tensiones de oferta, el deterioro energético y los desequilibrios fiscales y cambiarios, Cuba podría cerrar 2026 con una inflación cercana al 25%. Pero los datos publicados posteriormente refuerzan la alarma: la tasa interanual habría llegado a 25,19% en agosto, con un aumento mensual de 4,92%, el mayor del año.

La discusión del programa retrata el abismo entre los porcentajes macroeconómicos y el carrito de compras. Los panelistas señalaron precios de más de 4.000 pesos por leche en polvo y superiores a 7.500 pesos por un paquete grande de pollo; también mencionaron el encarecimiento del arroz, el cerdo, el aceite y otros alimentos básicos. No son cifras oficiales verificables como promedio nacional, sino referencias del debate y del mercado habanero, pero ayudan a entender por qué el IPC no alcanza a expresar la sensación de empobrecimiento: una cosa es que los precios suban y otra es que lo hagan sobre salarios que ya venían erosionados.

El informe añade un diagnóstico de larga duración. La economía cubana habría caído alrededor de 5% en 2025, su tercer año consecutivo de retroceso, y acumularía una contracción superior al 15% desde 2020. El CEEC identifica una crisis múltiple: menor producción, falta de divisas y combustibles, dificultades de transporte, caída de la capacidad de compra y fragilidad en sectores esenciales. En el programa se citan, además, datos preocupantes del componente social del reporte, como unas 100.000 cirugías pendientes y el deterioro de indicadores sanitarios. Esos problemas no pueden explicarse únicamente por las sanciones estadounidenses, aunque estas agravan el acceso a financiación, combustible y comercio; también interpelan a la gestión interna, la asignación de recursos, la transparencia y el retraso de reformas estructurales.

La conversación se detiene en dos anuncios de impacto directo. El primero es la transformación de las tradicionales bodegas en mercados de barrio, gestionados por actores económicos no estatales bajo incentivos fiscales y con compromisos de vender determinados productos entre 10% y 15% por debajo de precios habituales. El segundo es la promesa de independizar progresivamente el bombeo de agua de la red eléctrica nacional mediante fuentes renovables, al menos en La Habana. Son iniciativas que podrían aliviar necesidades concretas, pero quedan interrogantes decisivas: ¿quién decidirá qué familias son “vulnerables” cuando la libreta se focalice? ¿Habrá licitaciones públicas, abastecimiento estable y controles contra privilegios?

En ese escenario apareció también Desde la Presidencia, el nuevo formato de comunicación de Díaz-Canel. El programa analizado no cuestiona que el presidente visite estaciones de bombeo o hable directamente con la población, sino el hecho de que decisiones elementales parezcan requerir su presencia para moverse. La comunicación puede reconocer la emergencia, pero no sustituye instituciones que funcionen ni resultados que lleguen a la mesa. ¿Puede un nuevo programa oficial recuperar credibilidad si el agua, la electricidad y los alimentos siguen dependiendo de anuncios? ¿Y cuánto tiempo puede sostenerse una economía que promete reformas mientras la vida cotidiana se encarece más rápido que las soluciones?