Donald Trump y Carlos Fernández de Cossío

El Gobierno cubano presentó en junio un paquete de 176 transformaciones económicas y sociales como una actualización profunda de su modelo. La narrativa oficial habla de más producción, empleo y salarios, sin abandonar el predominio estatal ni definir las medidas como una restauración capitalista. También insiste en que la economía puede resistir la presión externa mediante nuevas alianzas, inversión extranjera, mayor espacio para actores privados y cambios administrativos. Sin embargo, el debate público reciente muestra una paradoja: mientras La Habana afirma soberanía para reformarse, atribuye la viabilidad de buena parte de esas reformas al alivio de la presión estadounidense.

La contradicción no es menor. Miguel Díaz-Canel ha reconocido que Cuba necesita diálogo, inversión y comercio con empresas estadounidenses, al tiempo que defiende un proceso de transformación interno bajo conducción estatal. Desde esa perspectiva, Washington aparece como adversario político, pero también como un actor capaz de desbloquear combustible, financiamiento, comercio y márgenes de maniobra económica. La posibilidad de que las medidas funcionen depende entonces no solo de decisiones nacionales, sino del rumbo que tome la administración de Donald Trump. Esta dependencia externa revela una falta de confianza práctica en la capacidad del propio sistema para generar divisas, energía y crecimiento sostenido.

El discurso oficial ubica la crisis energética en el centro de esa ecuación. Granma sostiene que la Isla enfrenta una presión extrema y que las transformaciones avanzan pese a los intentos de cortar el suministro petrolero. En septiembre, Díaz-Canel afirmó que Cuba llevaba nueve meses sin recibir un barco de combustible, mientras defendía las reformas como una vía para salir de la emergencia. La administración Trump, por su parte, aumentó la presión sobre los países que suministren petróleo a Cuba mediante la amenaza de nuevos aranceles. Reuters reportó que esa política elevó los riesgos para la generación eléctrica, la agricultura, el agua y los servicios de salud.

Pero reducir la situación al conflicto bilateral deja fuera problemas acumulados. La economía cubana arrastra una baja productividad, deterioro de infraestructuras, escasez de divisas, inflación, restricciones a la iniciativa privada y una emigración que golpea a familias, hospitales, escuelas y empresas estatales. Los apagones de hasta más de veinte horas en algunas zonas afectan el trabajo, el transporte, la refrigeración de alimentos y la posibilidad de emprender. Para los jóvenes, el escenario alimenta la salida del país; para los trabajadores estatales, el aumento nominal de salarios pierde peso frente al encarecimiento cotidiano; para las mipymes, la energía irregular y el acceso limitado a divisas multiplican los costos.

Medios independientes han descrito las reformas como insuficientes o sujetas a una negociación política mayor. 14ymedio informó que Estados Unidos calificó en junio las medidas de “superficiales” y tardías, mientras el Gobierno cubano sostuvo que no permitirá que el mercado sustituya la planificación. CNN señaló después que las nuevas normas facilitaron inversión, contratación directa y operaciones privadas en turismo, aunque su aplicación real todavía dependerá de reglamentos, burocracias y acceso efectivo a recursos. En redes y espacios de opinión, la discusión ha girado menos alrededor de conceptos ideológicos y más sobre una pregunta elemental: ¿cuándo se traducirán las reformas en comida, electricidad, transporte y salarios suficientes?

La apuesta oficial busca preservar control político mientras acepta correcciones económicas cada vez más profundas. Esa combinación puede dar tiempo, pero no resuelve por sí sola la falta de confianza que transmite el propio discurso: si las reformas requieren combustible, sanciones aliviadas, capital extranjero y un acuerdo con Washington, el margen de autonomía resulta estrecho. La izquierda no debería confundir soberanía con inmovilidad ni aceptar que la población pague el costo de una disputa entre gobiernos. ¿Podrá La Habana convertir las reformas en derechos materiales verificables? ¿O seguirá esperando que Trump decida cuánto espacio tendrá Cuba para respirar?