Donald Trump volvió a usar sus redes sociales para construir una imagen de liderazgo excepcional. El presidente publicó un ranking de mandatarios estadounidenses en el que aparece solo en la categoría de “The Greatest” —el más grande—, mientras coloca a Abraham Lincoln, George Washington, Franklin D. Roosevelt, Thomas Jefferson, Woodrow Wilson y Andrew Jackson en un nivel inferior, el de “Great”. La publicación fue difundida el jueves y se produjo después de que CNN reseñara una encuesta según la cual el 53% de los republicanos identifica a Trump como el presidente de su partido que más admira, frente al 18% que escogió a Ronald Reagan y el 8% que prefirió a Lincoln.
El problema no es que un presidente tenga una evaluación favorable de sí mismo; la política estadounidense está llena de gestos de autopromoción. La dificultad está en presentar una imagen como si fuera una medición histórica seria cuando no se informa quién la elaboró, qué criterios utilizó ni qué especialistas participaron. CNN señaló que la Casa Blanca no aclaró el origen del gráfico. Historiadores y usuarios de X advirtieron, además, que el diseño se parece a una clasificación publicada por Life en 1948, basada entonces en opiniones de 55 académicos, periodistas y politólogos. La versión compartida por Trump conserva buena parte de aquella estructura, pero incorpora al mandatario en la cúspide y añade a varios demócratas recientes en el último escalón.
La lista tiene un sesgo visible incluso antes de discutir preferencias ideológicas. No aparecen Ronald Reagan, Dwight Eisenhower, John F. Kennedy, Lyndon Johnson, Richard Nixon, Gerald Ford, Harry Truman, George H. W. Bush ni George W. Bush. También faltan otros presidentes que, sencillamente, todavía no podían figurar en una encuesta de 1948. En cambio, Barack Obama, Joe Biden y Jimmy Carter fueron incorporados en la categoría de “fracasos”, mientras Bill Clinton quedó en el grupo “promedio”. El resultado no es una lectura del pasado estadounidense, sino una edición política que selecciona qué figuras merecen existir en la conversación y cuáles deben desaparecer de ella.
La contradicción se vuelve más evidente al comparar el gráfico con evaluaciones académicas. El Presidential Greatness Project, que consulta a especialistas en presidencia y política estadounidense, ubicó a Trump en el último lugar en su encuesta de 2018 y volvió a situarlo al fondo en la edición de 2024, realizada con 154 expertos. Lincoln encabezó ambas mediciones. Como cualquier encuesta, estos estudios también dependen de criterios, composición de la muestra y debates historiográficos; no son una verdad definitiva. Pero, a diferencia del gráfico de Trump, explicitan que se trata de una consulta a especialistas y permiten discutir su metodología.
El episodio importa porque revela cómo opera la política en la era de las redes: un contenido breve, emocional y visual puede tener más impacto que un informe complejo. La clasificación no necesita ser consistente para cumplir su función. Refuerza entre sus seguidores la idea de que Trump no es un presidente más, sino una figura perseguida por élites, superior a los referentes tradicionales de su propio partido y capaz de reescribir la historia. La encuesta republicana ayuda a entender el terreno favorable para esa narrativa, aunque no valida una jerarquía histórica hecha a medida.
Desde una mirada crítica, el asunto no se reduce a una excentricidad presidencial. Cuando un dirigente usa símbolos nacionales, memoria histórica y desinformación visual para convertir el debate público en una competencia de lealtades, debilita la discusión sobre salarios, salud, educación, guerras, desigualdad y derechos civiles. El problema no es que Trump se elogie; es que el poder político pueda sustituir evidencia por propaganda personal sin rendir cuentas por sus efectos. ¿Qué ocurre con una democracia cuando la historia se adapta al interés inmediato del gobernante? ¿Y cuánto espacio queda para el control ciudadano si la popularidad dentro de una base partidista se presenta como prueba de grandeza nacional?
