Harald V murió este viernes 28 de agosto, a las 6:35 de la mañana, en el Hospital Universitario de Oslo, según confirmó la Casa Real noruega. El monarca estaba hospitalizado desde el 17 de agosto y su condición se había agravado en los últimos días. Las autoridades anunciaron que las instituciones estatales mantendrán las banderas a media asta durante el período de duelo, mientras se habilitaron libros de condolencias físicos y digitales para la ciudadanía.
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La noticia tiene una carga emocional que puede resultar difícil de comprender desde fuera de Noruega. Harald no fue una figura de poder ejecutivo: el país es una monarquía constitucional parlamentaria, donde las decisiones de gobierno recaen en las instituciones elegidas y el primer ministro. Sin embargo, durante más de tres décadas en el trono, desde 1991, el rey ocupó un lugar simbólico importante como referente de estabilidad, especialmente en una nación que combina altos niveles de bienestar, tradición institucional y una sociedad cada vez más diversa por la inmigración.
La valoración positiva de Harald no se explica solo por la duración de su reinado ni por el ceremonial de la Corona. Buena parte de su legado público quedó asociado a un discurso de 2016 que defendió una definición amplia de la identidad noruega. Entonces afirmó que Noruega también pertenecía a quienes habían llegado desde Afganistán, Pakistán, Polonia, Somalia, Siria y otros países; incluyó además a personas LGBTIQ+ y a ciudadanos de diferentes creencias religiosas. “Noruega eres tú. Noruega somos nosotros”, dijo en un mensaje que todavía circula ampliamente en redes sociales tras conocerse su muerte.
Ese mensaje adquiere hoy una relevancia particular. En Europa, la cuestión migratoria suele ser tratada desde el miedo, la seguridad o el cálculo electoral. La integración aparece con frecuencia como una exigencia unilateral dirigida a quienes llegan, mientras el país receptor se presenta como una identidad cerrada, homogénea y ya terminada. Harald propuso otra imagen: la nación como una comunidad que cambia con las vidas de sus habitantes. No resolvió, por supuesto, las desigualdades ni eliminó las barreras que enfrentan migrantes, refugiados y minorías en el acceso al empleo, la vivienda o la participación social. Pero puso el peso simbólico de la jefatura del Estado al servicio de una idea inclusiva de ciudadanía.
La sucesión fue automática. El hasta ahora príncipe heredero Haakon asumió como Haakon VIII y comunicó en un Consejo de Estado extraordinario que continuará usando el lema dinástico “Todo por Noruega”. En los próximos días deberá jurar ante el Parlamento, el Storting, de acuerdo con el marco constitucional. La transición ocurre mientras la familia real ha atravesado controversias en los últimos años, un contexto que puede someter a mayor escrutinio el papel de la monarquía y la confianza pública en sus figuras.
El duelo nacional revela tanto afecto por una persona como necesidad de símbolos compartidos en una época socialmente fragmentada. Desde una mirada crítica, la inclusión no puede quedar reducida a una frase memorable ni a la imagen amable de una monarquía: debe traducirse en derechos efectivos, igualdad material y voz política para quienes viven y trabajan en el país, hayan nacido o no allí. ¿Podrá Haakon VIII sostener esa promesa de pertenencia en una Noruega más desigual y tensionada por los debates migratorios? ¿Y qué queda de un discurso inclusivo cuando las instituciones no garantizan por igual las condiciones para ejercer esa pertenencia?
