La denuncia del actor Luis Alberto García Novoa volvió a poner en circulación una imagen conocida para quienes viven o transitan por zonas de paso de comitivas oficiales en La Habana: vehículos detenidos, órdenes repentinas, uniformados nerviosos y una ciudadanía obligada a apartarse. García afirmó que su pareja y sus dos hijas regresaban este jueves a su vivienda, cerca de la rotonda de 146 y 9na, en el municipio Playa, cuando fueron obligadas a detenerse durante un operativo. Según su relato, ellas ya habían respetado una señal de PARE, pero un agente se les acercó con un bastón de tránsito en una mano y una pistola en la otra; desde otros vehículos se veían armas largas.
El actor interpreta que el dispositivo estaba vinculado al paso de una figura de alto nivel, aunque no identificó a la persona ni existe confirmación oficial sobre ello. Sus palabras fueron directas: pidió a los agentes “bajarle tres rayitas” a la histeria, la paranoia y la desconfianza; también alertó sobre el riesgo de que una actuación desproporcionada termine en disparos contra personas que no representan amenaza alguna. Hasta el cierre de esta información, ni el Ministerio del Interior, ni la Policía Nacional Revolucionaria, ni autoridades de Playa habían difundido una versión pública sobre el episodio, su motivo, el número de efectivos involucrados o el protocolo aplicado.
La denuncia no puede verificarse de manera independiente más allá del testimonio de García, quien dice haber conocido el incidente por su pareja y sus hijas. Ese límite debe quedar claro. Sin embargo, la ausencia de una respuesta institucional tampoco ayuda a despejar las dudas. Una intervención policial con armas de fuego visibles en una vía urbana exige información, especialmente cuando involucra a civiles, menores de edad y una zona residencial. Si había una amenaza concreta, las autoridades deberían explicar qué medidas se tomaron y por qué; si se trataba de seguridad preventiva para una caravana, también corresponde aclarar por qué el despliegue necesitó armas largas exhibidas por las ventanillas.
La escena expone una contradicción entre dos ideas de seguridad. La primera protege a las personas que concentran poder político mediante perímetros, vehículos y fuerza armada. La segunda debería proteger a los vecinos, peatones y conductores que usan cotidianamente las calles. Cuando la seguridad de una autoridad se ejecuta con gritos, armas visibles y órdenes confusas, la ciudadanía deja de percibirla como protección y comienza a experimentarla como intimidación. Un Estado puede requerir medidas de custodia para sus dirigentes; lo que no debería aceptar es que la protección de unos se convierta en miedo para los demás.
La zona de Playa posee además un valor simbólico. La 5ta Avenida y sus vías cercanas han sido durante décadas corredores habituales de los desplazamientos oficiales, desde la época de Fidel Castro hasta los gobiernos de Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel. La continuidad de esas rutinas revela una arquitectura del poder que no ha cambiado: movilidad protegida, acceso restringido y prioridad absoluta de la comitiva sobre la vida urbana. En una ciudad con baches, transporte irregular, apagones, ambulancias demoradas y dificultades para llegar al trabajo, detener a la población para el tránsito de jerarcas refuerza la idea de que existen dos Cubas: la de quienes deben esperar y la de quienes nunca esperan.
El impacto es concreto. Una madre con niños, un trabajador que regresa de turno, un enfermo que necesita cruzar la ciudad o un conductor que no entiende una orden pueden quedar expuestos a una situación tensa sin saber qué riesgo se alega ni qué conducta se espera de ellos. En un contexto de deterioro económico y creciente desconfianza institucional, la exhibición de fuerza no transmite necesariamente control: puede comunicar temor del poder hacia la propia sociedad. La advertencia de García sobre una “metedura de pata” apunta justamente al peligro de normalizar el arma como herramienta de gestión cotidiana.
El caso requiere menos consignas y más respuestas verificables. Si el operativo fue real, debe investigarse si los agentes respetaron protocolos de uso proporcional de la fuerza, identificación, señalización y trato a civiles. Si la denuncia es incompleta, las autoridades tienen la oportunidad de corregirla con datos, no con silencio. ¿Qué autoridad pasó por la rotonda de 146 y 9na y qué riesgo justificó aquel despliegue? ¿Cuánto debe temer una familia común para que un dirigente pueda sentirse seguro?
