La historia del reparto cubano volvió a encender las redes esta semana, no por un estreno ni por una tiradera musical, sino por una discusión sobre memoria. El detonante fue un video publicado en TikTok por la creadora puertorriqueña detrás de la cuenta @kuzioficial, que intentó resumir la evolución del género a través de cuatro nombres: Elvis Manuel, Chocolate MC, El Taiger y Bebeshito. El Chulo reaccionó molesto porque su trayectoria no aparecía en esa cronología y cuestionó que personas no cubanas pretendan explicar el desarrollo del movimiento sin conocer su historia completa.
@kuzioficial #RepartoCubano 🇨🇺 4 etapas: #ElvisManuel, #ChocolateMc , #ElTaiger , #Bebeshito ♬ original sound – kuzioficial
“Mientras yo esté vivo la historia no la van a borrar”, escribió el artista en una publicación de Instagram que luego eliminó, según recogen medios de farándula cubana. El tono fue duro, pero la discusión plantea una pregunta legítima: ¿quién tiene autoridad para contar la historia de un género nacido en barrios, fiestas, estudios caseros y circuitos informales de Cuba? El reparto no surgió en una academia ni tuvo desde el comienzo archivos institucionales, críticos especializados o una industria que preservara sus etapas. Su memoria circuló durante años en canciones, polémicas, discos compartidos por Bluetooth, videos de baja resolución y relatos orales de artistas y seguidores.
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La controversia aumentó cuando Dany Ome intervino en los comentarios para defender a la creadora del video. Según la cobertura publicada, el cantante sostuvo que ella era una de las pocas personas que ayudaban a visibilizar el movimiento y pidió no culparla por las omisiones. El Chulo respondió que respetaba a todos, incluido su colega, pero insistió en que la exclusión era una falta de respeto a su papel en el género. La diferencia no parece una ruptura personal definitiva; expone dos maneras de entender la difusión cultural. Una prioriza corregir cualquier relato que simplifique el origen del reparto. La otra valora que creadores externos amplíen su alcance, incluso si sus resúmenes resultan incompletos.
La cronología propuesta por el video confirma que el reparto ya tiene una historia suficientemente larga como para generar disputas por sus fundadores, sus transformaciones y sus figuras centrales. Elvis Manuel representa una etapa temprana de fuerte arraigo popular; Chocolate MC, una expansión polémica y digital; El Taiger, un puente entre repertorios urbanos y públicos más amplios; Bebeshito, una fase de masificación reciente que ha llevado el sonido cubano a audiencias de la diáspora y otras escenas latinas. Pero ningún género se reduce a cuatro artistas. Detrás de los nombres visibles hay productores, bailadores, DJs, compositores, estudios barriales, mujeres intérpretes y comunidades enteras que sostuvieron esa cultura cuando muchas instituciones la miraban con recelo.
La discusión ocurre en un momento de mayor internacionalización del reparto. Redes como TikTok, Instagram y YouTube han derribado parte de las barreras que históricamente separaban la producción cubana de las audiencias internacionales. Eso abre oportunidades económicas y creativas, pero también facilita que la historia se reconstruya desde fuera, con categorías ajenas o mediante algoritmos que privilegian la figura más viral sobre el proceso colectivo. La diáspora, los creadores latinoamericanos y las plataformas pueden servir de altavoz; no deberían convertirse en propietarios simbólicos de una cultura que conserva raíces populares muy precisas.
En Cuba, el debate tiene además una dimensión material. Para muchos jóvenes, el reparto ha sido una vía de expresión y una aspiración de movilidad social frente a empleos mal pagados, falta de perspectivas y migración. El éxito de un artista parece demostrar que desde un cuarto convertido en estudio puede alcanzarse visibilidad internacional. Sin embargo, esa promesa es desigual: quienes tienen acceso a equipos, promoción, conexiones en Miami o capacidad para viajar parten con ventajas enormes frente al talento de un barrio sin datos móviles estables, electricidad continua o recursos para grabar.
La irritación de El Chulo puede ser excesiva en sus formas, pero apunta a un problema real: la cultura popular necesita archivos propios para no depender de versiones apresuradas. La respuesta no es cerrar el reparto al diálogo con otros públicos ni decretar una lista única de “padres” del género. Es documentar mejor sus historias, reconocer sus muchas raíces y escuchar a quienes lo construyeron. ¿Podrá el reparto contar su trayectoria sin borrar a los artistas menos rentables o menos visibles en redes? ¿Quién preservará la memoria de una música que nació popular antes de convertirse en tendencia?
