Sandro Castro publicó un nuevo video que ha reactivado críticas y bromas en las redes cubanas: rodeado de gallinas, pregunta qué “dejó de existir primero”, si el huevo o el aceite. El juego alude a dos productos esenciales cuya presencia en mercados estatales y privados es irregular, y cuyos precios en circuitos no subsidiados resultan prohibitivos para una gran parte de la población. La publicación, difundida este 24 de agosto, combina tono jocoso, referencias a la crianza de aves y comentarios sobre el costo de los huevos, el aceite, el alquiler y la vida cotidiana.
El video no es una declaración de política pública ni una denuncia organizada, pero precisamente por eso conecta con un malestar reconocible. En Cuba, freír un huevo ha dejado de ser una imagen doméstica trivial: implica conseguir huevos, disponer de aceite, tener electricidad o combustible para cocinar y, en no pocas casas, ajustar la comida a lo que aparezca ese día. Reportes y testimonios recientes sitúan una botella de aceite de 900 mililitros entre 4.200 y 4.500 pesos, y una bandeja de huevos alrededor de 5.100 pesos en determinados mercados informales o redes de reventa. Los valores varían según provincia y canal de venta, pero la tendencia es la misma: la alimentación básica se ha vuelto una carrera de obstáculos.
La publicación de Sandro Castro llama la atención por el contraste entre la sátira y su posición social. Como nieto de Fidel Castro y figura recurrente de las redes por su exposición de ocio, bebidas, automóviles y espacios de entretenimiento, no habla desde la precariedad cotidiana de la mayoría. Su ironía puede leerse como una burla contra la escasez, pero también como una muestra de distancia frente a quienes hacen colas, dependen de la libreta de abastecimiento, compran porciones mínimas o prescinden de proteínas para que alcance el dinero. El problema no es que una persona rica o vinculada al poder haga humor; es quién asume el costo material del chiste y quién conserva los medios para no padecerlo.
El discurso oficial suele atribuir el deterioro del abastecimiento a factores externos: el bloqueo estadounidense, la caída de ingresos por exportaciones, las dificultades para importar combustible e insumos, y los efectos acumulados de la crisis internacional. Es imposible analizar la escasez sin considerar las sanciones estadounidenses, que encarecen operaciones financieras y restringen capacidades de compra. Pero esa explicación resulta insuficiente cuando se separa de las responsabilidades internas: baja producción agropecuaria, burocracia, dualidad de mercados, falta de transparencia, deterioro logístico y políticas que no han protegido el poder adquisitivo de los salarios y pensiones.
En las redes, la pregunta de Sandro funciona como meme porque pone palabras a una experiencia colectiva. Usuarios comparten el video con comentarios sobre los precios, recetas sin aceite, sustitutos improvisados y la pérdida de costumbres que antes parecían elementales. La respuesta no es solo indignación: también hay humor defensivo, una forma de sobrellevar la frustración sin dejar de señalarla. Esa risa amarga tiene una historia larga en Cuba. Los chistes sobre comida, apagones y transporte no sustituyen la protesta ni resuelven la falta de productos, pero registran un estado de ánimo: la población ha aprendido a convertir la supervivencia en lenguaje cotidiano.
Para los trabajadores estatales, jubilados, madres que sostienen hogares y jóvenes sin ingresos estables, el problema no cabe en una pregunta ingeniosa. Los alimentos esenciales compiten con medicamentos, transporte, recargas telefónicas, alquileres y remesas cada vez más inciertas. Quienes reciben dólares o ayuda familiar desde el exterior tienen mayores posibilidades de amortiguar el golpe; quienes dependen del salario en pesos enfrentan una desigualdad creciente en el acceso a la mesa. Cuando un litro de aceite puede acercarse o superar el ingreso mensual de muchos trabajadores, hablar de “mercado” deja de explicar la situación: se trata de una fractura social.
El video de Sandro Castro revela más que una provocación aislada. Muestra que la escasez ha alcanzado tal normalidad que incluso un miembro de la familia más asociada al poder revolucionario puede usarla como recurso de entretenimiento. La pregunta relevante no es solo qué desapareció primero, el huevo o el aceite. ¿Cuándo dejó de ser excepcional que los alimentos básicos se vuelvan artículos de lujo? ¿Y qué ocurre con una sociedad cuando quienes mejor conectados están con el poder pueden bromear sobre aquello que millones no logran comprar?
