100 años de Fidel y piñata

En varios municipios de Holguín se prepararon y repartieron 100 piñatas como parte de los homenajes por los cien años del nacimiento de Fidel Castro, celebrado el 13 de agosto. Niños participaron en las actividades, acompañadas por carteles con la consigna “100 años con Fidel”, según imágenes y publicaciones difundidas desde redes sociales. La iniciativa se inserta en la campaña oficial que declaró 2026 como Año del Centenario del Comandante en Jefe y desplegó actos políticos, culturales, deportivos y escolares en todo el país.

La cifra no es casual. Las piñatas representan simbólicamente el centenario y buscan asociar la conmemoración con juegos, regalos y espacios de recreación infantil. Desde la narrativa estatal, estos homenajes se presentan como transmisión de memoria histórica y continuidad generacional. El acto central nacional incluyó a la compañía infantil La Colmenita en el Teatro Karl Marx, mientras en Birán, lugar natal de Fidel Castro, autoridades y delegaciones realizaron actividades de homenaje. El mensaje es claro: el centenario no se concibe solo como una fecha para dirigentes o historiadores, sino como una pedagogía pública dirigida también a quienes nacieron mucho después de la muerte del exmandatario en 2016.

Sin embargo, las piñatas han provocado una reacción incómoda porque aparecen en medio de una crisis que afecta de forma directa a los mismos niños convocados. Holguín atraviesa problemas de distribución eléctrica: 50 transformadores estaban fuera de servicio al cierre del 17 de agosto, con 1.732 personas afectadas, según un reporte atribuido a la Empresa Eléctrica provincial. A escala nacional, la Unión Eléctrica pronosticó para este miércoles una afectación de 2.225 megavatios en el horario pico. Además, la unidad uno de la termoeléctrica de Felton, en Holguín, salió de servicio para reparar un salidero en su caldera.

La contradicción no está en que existan juegos infantiles ni en que una comunidad decida celebrar su historia. El problema es político y material: las instituciones pueden movilizar recursos, transporte, papel, decoración y personal para una campaña conmemorativa, mientras muchas familias no consiguen asegurar una alimentación estable, refrigerar comida o estudiar y dormir con electricidad. El gesto festivo puede ofrecer a los niños un rato de diversión, pero no borra las preguntas de los padres sobre leche, medicamentos, transporte escolar y agua. En esas condiciones, la conmemoración corre el riesgo de ser percibida como una escena desconectada de las urgencias cotidianas.

Las redes sociales han enfatizado precisamente ese contraste. Publicaciones independientes describieron las piñatas como propaganda dirigida a menores, mientras usuarios compartieron comentarios irónicos sobre cajas de cartón, personajes de Disney y la distancia entre los festejos y la vida en los barrios. También se reportó la entrega de una canastilla a una bebé nacida el 13 de agosto como parte de los homenajes del centenario. Ninguno de estos hechos prueba que las familias hayan participado de forma obligatoria, pero sí muestra cómo la política simbólica penetra espacios sensibles: cumpleaños, maternidades, escuelas y juegos.

La actividad de Holguín revela una disputa sobre qué significa cuidar a la infancia. El Estado puede defender que transmite valores históricos; las familias tienen derecho a preguntar si esos valores se traducen en condiciones dignas de vida. La memoria colectiva no debería imponerse ni competir con necesidades básicas, y los niños no tendrían que cargar el peso de campañas políticas concebidas por adultos. ¿Qué recordarán de estas cien piñatas: una tarde de juegos o el contraste con las noches sin luz? ¿Puede una política cultural ganar legitimidad si celebra el pasado sin responder con urgencia a las carencias del presente?