Protestas en Morón y premio recibido

La comunidad de Morón, en Ciego de Ávila, recibió este sábado en Miami el Premio Libertad Pedro Luis Boitel 2026. La Asamblea de la Resistencia Cubana entregó la distinción durante un acto en el Big Five Club, donde el líder municipalista Gerardo González la recibió en representación de los habitantes del municipio. El rapero Raudel Collazo participó en la entrega de un galardón creado en 2001 por el Directorio Democrático Cubano junto a organizaciones europeas, que lleva el nombre del estudiante y opositor Pedro Luis Boitel, muerto en 1972 tras una huelga de hambre de 53 días en prisión.

El premio reconoce las protestas del 13 de marzo, cuando residentes de Morón salieron a las calles tras prolongados apagones, dificultades para acceder a alimentos y un deterioro sostenido de las condiciones de vida. Medios independientes y publicaciones de redes documentaron entonces una manifestación inusual por su visibilidad y por la combinación de reclamos materiales y políticos. No fue solo una protesta contra la falta de electricidad: en una ciudad donde el corte de luz altera el agua, la conservación de alimentos, el trabajo informal y el descanso, el apagón fue también la expresión inmediata de una crisis acumulada.

La lectura oficial cubana suele presentar el problema energético como resultado de averías, escasez de combustible, mantenimiento atrasado y el impacto de las sanciones estadounidenses. Esos factores existen y condicionan de manera real la capacidad de inversión y abastecimiento del país. Sin embargo, el relato deja fuera una parte decisiva: la población soporta los costos de una infraestructura envejecida, una planificación opaca y promesas repetidas de recuperación que chocan con cortes cada vez más largos. Este lunes, la Unión Eléctrica prevé afectaciones de hasta 2.280 MW en el horario pico, una cifra que muestra que el problema no fue un episodio aislado de marzo ni una crisis resuelta.

El reconocimiento en Miami tiene una carga política evidente y procede de organizaciones del exilio con una agenda abiertamente opositora. Eso no invalida el hecho que lo motiva —la existencia de una protesta ciudadana frente a condiciones materiales severas—, pero sí exige evitar que Morón quede reducido a un símbolo útil para narrativas ajenas. Sus habitantes no son una consigna ni un recurso propagandístico: son trabajadores estatales, jubilados, jóvenes, madres, vendedores informales y familias que deben reorganizar la vida diaria para sobrevivir entre apagones, escasez, transporte deficiente y migración de parientes cercanos.

Las reacciones en Facebook, Instagram, X y YouTube han amplificado el reconocimiento, con mensajes que celebran la protesta y la colocan como ejemplo para otras comunidades. Esa visibilidad puede ayudar a preservar la memoria de lo ocurrido, especialmente en un país donde la información sobre protestas suele circular más rápido en redes, medios independientes y diáspora que en los canales estatales. Pero también acarrea riesgos: quienes participaron continúan viviendo dentro de Cuba, donde la exposición pública puede derivar en vigilancia, presión laboral, citaciones o procesos judiciales. La solidaridad responsable debería proteger a las personas antes que convertirlas en protagonistas involuntarias de la confrontación política.

Morón merece atención no por haber ganado una estatuilla en Miami, sino porque condensó una pregunta que se escucha en muchos barrios cubanos: ¿cuánto puede sostenerse una vida cotidiana donde trabajar no garantiza comida, donde la electricidad desaparece durante horas y donde protestar implica temor? El Premio Pedro Luis Boitel puede reconocer valor, pero no sustituye las respuestas materiales y políticas que la población necesita. ¿Responderán las autoridades con información verificable, inversión y espacios reales para el reclamo? ¿O la crisis seguirá generando nuevos símbolos de resistencia mientras los problemas de fondo permanecen intactos?