El 5 de agosto de 2026, The New York Times publicó una investigación que revela que la CIA creó en secreto una fuerza de tarea (task force) dedicada exclusivamente a Cuba, después de que la administración de Donald Trump elevara a la isla al nivel de “Prioridad 1” en el Marco de Prioridades de Inteligencia Nacional de Estados Unidos, al mismo nivel que China, Rusia e Irán. Según el reportaje, la nueva unidad está integrada por oficiales de caso (encargados del reclutamiento y manejo de espías), analistas de inteligencia, especialistas en ciberoperaciones y expertos en operaciones de influencia encubierta, con la capacidad de reasignar con rapidez recursos humanos, financieros y tecnológicos hacia operaciones relacionadas con la isla. El objetivo declarado, según fuentes familiarizadas con la operación, es “crear fisuras dentro de la élite política cubana”, con la esperanza de que los dirigentes más “duros” y antiestadounidenses sean reemplazados por figuras más pragmáticas y dispuestas a negociar con las exigencias del presidente Trump. ¿Es esta una estrategia de presión calculada o el primer paso hacia un escenario más confrontacional?
A diferencia del grupo de trabajo de la era de Bahía de Cochinos (1960–61), esta fuerza de tarea no tiene autorización para ejecutar operaciones letales y no cuenta con socios cubanos organizados en tierra, según aclara el propio NYT. En cambio, se concentra en inteligencia, ciberoperaciones y presión política encubierta, con un mandato que, aunque por ahora es más limitado, puede ser ampliado o modificado en cualquier momento por decisión presidencial. Las fuentes citadas por el diario explican que los analistas estadounidenses están estudiando información relacionada con las finanzas, negocios y redes de influencia de altos funcionarios del régimen cubano, y que filtrar parte de esa información a la prensa podría servir para presionar a los propios afectados y para influir en la opinión pública. Esto plantea otra pregunta: ¿hasta qué punto la exposición pública de intereses económicos y vínculos de la élite puede convertirse en una herramienta efectiva de cambio político?
La creación de esta unidad se enmarca en un endurecimiento general de la política de la administración Trump hacia Cuba, que incluye también sanciones económicas, restricciones migratorias y un aumento de la presencia de activos de inteligencia en la isla, según reportes paralelos de Politico y otros medios. Desde comienzos de 2026, Estados Unidos habría intensificado vuelos de reconocimiento utilizando aeronaves como los P-8A Poseidon, RC-135V Rivet Joint y MQ-4C Triton, lo que podría fortalecer la recopilación de inteligencia y la planificación estratégica, aunque no existe un anuncio oficial sobre una acción militar inminente. En mayo, el director de la CIA, John Ratcliffe, realizó una visita de alto nivel a La Habana donde, según el Times, transmitió un mensaje claro: la CIA considera a sus contrapartes cubanas “adversarios dignos y posibles socios futuros”, pero advirtió que “el tiempo corre en su contra si no llegan a los acuerdos que Trump ordena”. ¿Está Washington buscando una salida negociada o preparando el terreno para una presión aún más asfixiante?
Hasta el momento, ni la Casa Blanca ni la CIA han confirmado oficialmente los detalles de la fuerza de tarea descrita por The New York Times, aunque el diario cita a varias fuentes familiarizadas con la operación que hablan de una voluntad clara de priorizar el cambio en Cuba. En el más reciente Marco Nacional de Prioridades de Inteligencia (NIPF), la isla aparece en el nivel 1, junto a China, Irán y Rusia, lo que permite a agencias como la NSA y la National Geospatial-Intelligence Agency redirigir recursos técnicos y satelitales hacia el territorio cubano. La inteligencia recopilada no solo permite monitorear las capacidades militares y defensivas de Cuba, sino que también empodera a la CIA para rastrear flujos financieros opacos y los acuerdos comerciales de la élite política, con la posibilidad de que parte de esa información se use más adelante como herramienta de influencia. ¿Qué pasaría si algunos de esos movimientos financieros salieran a la luz pública en medio de una crisis económica y social ya profunda?
El reportaje del NYT, complementado con información de Politico, 14ymedio y otros medios, deja sobre la mesa un escenario complejo: una fuerza de tarea secreta con recursos ampliados, un gobierno cubano bajo presión máxima y una población que lleva meses enfrentando apagones, escasez y restricciones. Mientras algunos estrategas en Washington creen que “con el tiempo, el Gobierno dedicará la atención y los recursos necesarios para derribar” al régimen, otros consideran que es más realista buscar un cambio desde dentro, aprovechando las divisiones en la cúpula de poder. La pregunta final, y quizás la más importante, es: ¿puede una estrategia de inteligencia, ciberoperaciones y presión encubierta lograr lo que décadas de sanciones y aislamiento no han conseguido, o corre el riesgo de endurecer aún más las posiciones y cerrar cualquier ventana a una transición negociada?
