Imagen hecha con IA de Padura en una noche en apagon en La Habana

Leonardo Padura, probablemente el narrador vivo más reconocido de la isla, publicó el 5 de julio de 2026 una crónica en el diario español El País titulada “Cuba: morir en la arena”. En ella, el autor enlaza una memoria personal de 1968 —la clausura de la pequeña “Quincalla de Fina” durante la Ofensiva Revolucionaria— con el anuncio reciente de un amplio paquete de medidas económicas que, en teoría, abre la puerta a negocios privados, fábricas e incluso bancos. El giro es brutal: lo que antes se castigaba como “explotación capitalista” ahora se presenta como solución urgente.

El discurso oficial, transmitido por medios como Granma, Cubadebate y Prensa Latina, insiste en que las reformas son un “ajuste necesario” para “dinamizar la economía” y “mejorar la vida del pueblo”, sin cuestionar el modelo político. Se habla de “ordenamiento”, “eficiencia” y “participación”, mientras se subraya que el Estado mantendrá el “control estratégico” de sectores clave. La narrativa es de madurez y realismo: “por fin entendimos que hay que dejar hacer”, parecen decir los portavoces, aunque sin soltar las riendas del poder.

Sin embargo, en redes y medios independientes el tono es muy otro. En cuentas de periodistas y activistas, así como en portales como CiberCuba, elTOQUE y 14ymedio, la lectura es més crítica: el Estado no abandona el control, lo reconfigura. Como resume Padura: “ya se podrá jugar con cada uno de los eslabones de la cadena pero […] sin tocar al mono”. La idea que circula es que la “apertura” llegará tarde, mal y con condiciones que favorecen a quienes ya están cerca de las estructuras de decisión.

El impacto concreto en la gente es fácil de imaginar y, en muchos casos, ya se siente. En barrios habaneros, la conversación gira en torno a quién tendrá reales para montar un negocio, quién conseguirá licencias y quién quedará fuera. Para jóvenes sin ahorros, migrantes que enviaban divisas y trabajadores estatales con salarios insuficientes, la promesa de “cualquiera puede abrir una fábrica” suena abstracta. Mientras, los cortes de electricidad, la escasez de alimentos y medicamentos, y la sensación de que “todo fue todo” siguen marcando la rutina.

El contexto histórico que traza Padura no es decorativo: recuerda que en 1968 se cerraron pequeños negocios y se estatizó casi todo; que en los 90, en plena crisis, se toleraron actividades privadas muy limitadas; y que ahora, con una crisis “sistémica” y cerca de dos millones de emigrados en cinco años (alrededor del 15% de la población), se anuncia un giro hacia una economía de mercado controlada. ElÉtat se desentiende de responsabilidades básicas —electricidad, abastecimiento, salud— pero refuerza su “industria del control”.

En redes, la crónica de Padura se ha convertido en un termómetro del estado de ánimo: muchos la comparten como un espejo incómodo, otros la leen con escepticismo (“ya lo sabíamos”), y algunos la usan para preguntar qué queda de ese “tejido social” que, según el relato oficial, se construyó en los 60 y 70. La novela Morir en la arena, mencionada al final del texto, funciona como metáfora: una generación entera pidió renuncias y sacrificios “para avanzar por la orilla”, y muchos acabaron sepultados en la arena histórica.

Al final, la crónica no solo habla de economía: habla de confianza rota, de promesas pospuestas y de un país que intenta sobrevivir entre el mercado y el control. Si el Estado cede espacios pero mantiene el monopolio del poder, ¿Quién realmente gana con estas reformas? ¿Y qué futuro tienen los que no pueden ni quieren jugar bajo las mismas reglas que durante años les dijeron que eran “inaceptables”?