La denuncia de este médico cubano no habla solo de un apagón, sino de un colapso humano que ya desborda cualquier guardia. En su mensaje, describe más de 72 horas sin electricidad, comida echada a perder, dos noches sin dormir por el calor y una rutina de trabajo que, en sus propias palabras, se vive “como perros”. Su testimonio se volvió viral precisamente porque mezcla cansancio, dignidad y rabia, y porque deja una frase que duele por lo que resume: “Mañana no prometo ir a la guardia. Un médico menos”.
El centro de la denuncia está en el cuerpo de guardia, donde el médico dice cargar no solo con la presión de atender, sino también con la frustración de pacientes y familiares desesperados. Según relata, un compañero fue agredido físicamente por una persona que no soportó más la situación, y aun así siguió atendiendo después del golpe. Ese detalle vuelve más grave el mensaje, porque muestra que el personal de salud ya no lidia únicamente con la falta de recursos, sino también con un entorno de violencia y desprotección. ¿Cómo sostener una guardia cuando el agotamiento, el miedo y la agresión se vuelven parte del turno?

La queja también coincide con un contexto más amplio que medios internacionales y organismos como la OMS han descrito como preocupante para el sistema de salud cubano. Las publicaciones consultadas señalan que los apagones prolongados, la escasez de combustible y las limitaciones estructurales están afectando hospitales, cirugías y servicios esenciales en toda la isla. Incluso se ha informado de reducción de cirugías programadas y de una tensión constante sobre el personal médico, que debe trabajar en condiciones cada vez más inestables. En otras palabras, la denuncia individual encaja con una crisis más grande que ya no se puede explicar como un mal día o un problema aislado.
El mensaje del médico también pone sobre la mesa una contradicción dolorosa: quienes exigen atención inmediata son, al mismo tiempo, víctimas de un sistema que no logra garantizar lo básico. El profesional no se presenta como alguien que quiera abandonar su vocación, sino como alguien al borde del límite después de años de entrega. Por eso su pregunta —“¿Quién nos defiende?”— pesa tanto como el resto del texto, porque apunta a la ausencia de protección para el personal sanitario frente a agresiones, agotamiento y precariedad. Esa falta de respaldo convierte la guardia en una especie de prueba diaria de resistencia más que en un espacio de cuidado.
Al final, la frase más dura no es la del insulto ni la del cansancio, sino la que expresa la duda sobre seguir ejerciendo medicina bajo estas condiciones. Cuando un médico dice que quizás no vaya a la guardia, no está hablando solo de una ausencia puntual: está advirtiendo que el sistema está perdiendo a quienes todavía intentan sostenerlo. Y ahí queda la pregunta central de todo el relato: ¿hasta cuándo puede resistir un personal de salud que trabaja sin luz, sin descanso, sin protección y con la sensación de que nadie responde por ellos?
