La Aduana General de la República de Cuba informó que detectó a un pasajero procedente de Panamá con 25 cápsulas de droga ingeridas en su organismo al arribar a la Terminal 3 del Aeropuerto Internacional José Martí, en La Habana. Según la nota oficial, el viajero fue identificado a partir del “sistema de análisis y gestión de riesgos” aplicado en los puntos de entrada al país, lo que permitió clasificarlo como sospechoso antes de terminar su tránsito por la terminal aérea. Posteriormente, se confirmó que llevaba cápsulas con sustancias estupefacientes dentro del cuerpo, utilizando el método conocido como “body packing”, usado por las redes de narcotráfico para mover droga de forma casi invisible a simple vista.
El propio comunicado de la Aduana destaca que esta detección “evidencia la intencionalidad de introducir sustancias ilícitas empleando distintos modus operandi”, subrayando que las autoridades mantienen una política de “tolerancia cero” frente a este tipo de conductas. Sin embargo, las autoridades no han precisado en sus canales oficiales el tipo de droga ni la nacionalidad del pasajero, detalles que suelen manejarse con cautela en estos casos. ¿Hasta qué punto la falta de información más específica ayuda a proteger la investigación, y en qué momento el público empieza a reclamar más transparencia sobre lo que ocurre en sus aeropuertos.
Este caso no es aislado: informes recientes recuerdan que en el mismo aeropuerto se han registrado varios episodios similares en los últimos meses, con pasajeros que intentaban entrar o salir del país con cápsulas de narcóticos ocultas en el cuerpo. En mayo de 2026, por ejemplo, las autoridades reportaron la detención de un viajero con 48 cápsulas de cocaína en el organismo, mientras que en agosto de 2025 una ciudadana colombiana fue sorprendida con 23 cápsulas en el estómago, y al menos otros dos incidentes se documentaron ese mismo año. Ante esta cadena de hechos, surge la pregunta: ¿estamos ante una intensificación de los intentos de tráfico o simplemente se están detectando mejor los movimientos que antes pasaban desapercibidos.
Las cifras oficiales muestran que la región en la que se ubica Cuba continúa siendo un corredor activo para el narcotráfico, y Panamá juega un papel clave en ese mapa. Autoridades panameñas han reportado la incautación de alrededor de 43 toneladas de droga en lo que va de 2026, lo que confirma la presión sobre las rutas que conectan Centroamérica y el Caribe. Por su parte, el gobierno cubano insiste en que la isla “no es un país productor ni de tránsito de drogas ilícitas” y sostiene que, en 2025, se decomisaron 507 kilogramos de estupefacientes y se detuvo a 174 personas vinculadas a estas actividades, a la vez que recuerda que el Código Penal contempla penas de entre 4 y 30 años de prisión, prisión perpetua e incluso la pena de muerte en casos agravados.
En este contexto, el caso del pasajero con 25 cápsulas ingeridas abre un debate más amplio: si Cuba asegura que no forma parte de la ruta de tránsito, ¿por qué se repiten estos intentos en su principal aeropuerto internacional. ¿Es la isla un punto atractivo para las redes precisamente por su discurso de tolerancia cero, que podría generar la percepción de mayor vigilancia, o estos hechos responden a estrategias de “mulas” dispuestas a asumir un riesgo extremo a cambio de altas sumas de dinero. La discusión queda abierta: mientras la Aduana exhibe estos decomisos como prueba de control, otros se preguntan qué casos no se detectan y qué lugar ocupa realmente Cuba en el engranaje regional del narcotráfico.
