Una joven decidió sustituir el teléfono inteligente que usa durante toda la jornada por un Nokia 2660 Flip 4G, un modelo de tapa pensado principalmente para llamadas y mensajes SMS. El motivo, según el reel viral difundido por la cuenta Ciudad Digital, es frenar el uso compulsivo del móvil y recuperar una comunicación más limitada, inspirada incluso por la estética de Gossip Girl. La publicación superaba los 44 mil “me gusta”, con cerca de 1.800 comentarios y miles de compartidos: una señal de que la promesa de apagar notificaciones y escapar de las plataformas conecta con un cansancio extendido.
El dispositivo no es exactamente una reliquia desconectada. HMD, la compañía que comercializa esta línea Nokia, presenta el 2660 Flip como un equipo de pantalla grande, teclas físicas, sonido reforzado y batería de varios días, diseñado para llamar y enviar mensajes con facilidad. Otras especificaciones publicadas para el modelo incluyen conexión 4G/LTE, doble SIM, cámara básica y batería extraíble; es decir, conserva una infraestructura contemporánea, pero sin el ecosistema de aplicaciones que convierte al smartphone en oficina, billetera, cámara, entretenimiento y escaparate social permanente.
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La conversación coincide con una tendencia internacional de regreso a los llamados dumbphones: móviles deliberadamente simples que ofrecen distancia de las redes, de la atención fragmentada y de la obligación de estar disponible. En redes, esa elección suele presentarse como una forma de autocuidado: menos pantalla, menos comparación y menos trabajo invisible para las grandes plataformas. Sin embargo, conviene mirar el fenómeno con cuidado. Tener dos teléfonos —uno para lo indispensable y otro para prescindir de internet cuando se quiere— puede ser una opción viable para ciertos sectores, pero no necesariamente para quien depende del móvil para trabajar, estudiar, vender o comunicarse con familiares emigrados.
En Cuba, la discusión adquiere otra dimensión. La conectividad no es solo entretenimiento: es acceso a remesas, información, trámites, grupos de compraventa, ofertas laborales y vínculos familiares transnacionales. Las tarifas oficiales de ETECSA ya mostraban planes de datos con precios relevantes para los ingresos locales, mientras las modificaciones anunciadas en 2025 generaron críticas por elevar el costo de sostener una conexión cotidiana; el paquete intermedio de 2 GB por 1.200 CUP fue presentado como un alivio, aunque la propia discusión pública dejó en evidencia que seguía lejos de las necesidades reales.
Ahí aparece la contradicción central: en países con conectividad estable y barata, desconectarse puede ser una decisión individual frente a la saturación digital; en Cuba, muchas veces la desconexión es una imposición por precio, apagones, cobertura deficiente o falta de dispositivos. El teléfono de tapa puede representar calma para alguien agotado por TikTok, Instagram y WhatsApp, pero también recuerda una época en la que llamar era suficiente porque la vida cotidiana no estaba atada a códigos, transferencias, mensajería y plataformas digitales.
El éxito del reel revela una mezcla de nostalgia y hastío. Jóvenes que crecieron con internet móvil pueden identificar en el aparato una estética “retro” y una fantasía de límites; trabajadores y familias, en cambio, saben que renunciar por completo al smartphone puede significar perder oportunidades concretas. La pregunta no es solo si volvemos al SMS, sino qué condiciones materiales permitirían que conectarse o desconectarse fuese realmente una elección, y no otra forma de adaptarse a la precariedad.
