edificio amarillo en derrumbe

Nueve días después de los devastadores terremotos en Venezuela, los equipos de rescate internacionales informaron que detectaron señales de vida de 21 personas atrapadas bajo los escombros del edificio Oasis Beach, en el sector Playa Grande del estado La Guaira. Los primeros indicios de que había sobrevivientes allí no son de ahora: el 27 de junio se registraron mensajes desde el interior del inmueble mediante comunicaciones por radio y WhatsApp, lo que encendió la esperanza en medio de una tragedia que ha dejado miles de muertos y desaparecidos. La operación en Oasis Beach se suma a otras historias que han dado la vuelta al mundo, como el rescate de personas luego de más de 70 horas bajo estructuras colapsadas y casos donde, contra todo pronóstico, alguien logra salir con vida tras varios días sepultado. La pregunta que se abre es dura pero inevitable: ¿cuánto tiempo se puede seguir hablando de “vida bajo los escombros” y qué hacer para que esas señales no terminen convirtiéndose en silencios definitivos?

El contexto general en Venezuela permite dimensionar la magnitud del desastre. Al 1 de julio, las cifras oficiales y estimaciones de organismos internacionales hablaban de más de 2.295 fallecidos, más de 11.000 heridos y alrededor de 50.000 personas desaparecidas, de acuerdo con datos citados por Naciones Unidas. En ese escenario, la búsqueda de sobrevivientes se ha convertido en una carrera contra el tiempo y contra las condiciones extremas de trabajo, con estructuras inestables, riesgo de nuevos derrumbes y limitaciones materiales. Sin embargo, los equipos de emergencia han seguido encontrando señales de vida: se reportó, por ejemplo, el hallazgo de una joven de 25 años que logró resistir más de 150 horas atrapada bajo los restos de una edificación colapsada, hasta que los rescatistas pudieron abrir un pasadizo seguro para sacarla. Cada uno de estos casos reabre el debate sobre la capacidad real de los sistemas de respuesta ante catástrofes en la región y sobre cómo se debería reforzar la prevención para que un evento natural no se traduzca en una devastación tan amplia.

Dentro de ese panorama, la operación en Oasis Beach y otros puntos de La Guaira han sido descritas como algunas de las más grandes en la historia reciente de América Latina. Más de 2.200 rescatistas de 17 países y 137 perros entrenados están desplegados en el territorio venezolano, trabajando en jornadas que se prolongan día y noche, removiendo escombros a mano, con maquinaria pesada y con tecnología de detección de movimiento y sonido. En paralelo, se han producido rescates calificados como “milagrosos”, como el de Hernán Alberto Gil Flores, que permaneció ocho días bajo nueve metros de escombros en el aparcamiento de un centro comercial derrumbado en La Guaira y fue extraído con vida tras un operativo que se extendió durante más de 70 horas. “La operación de rescate se prolongó por más de 70 horas”, señalaron los bomberos chilenos que participaron, indicando que el paciente fue trasladado a un centro médico en “buen estado” dentro de lo posible. ¿Cómo se sostiene física y emocionalmente un esfuerzo de rescate de esta magnitud y cuánto apoyo logístico y político se necesita para que no se agote antes de tiempo?

Entre los casos que han generado mayor impacto se encuentra el del niño cubano Dayán Martínez, de 10 años, identificado con vida en el edificio Coral Beach, en la zona de Los Corales, donde los rescatistas continúan trabajando para llegar hasta él. Según las informaciones divulgadas, se han recibido señales que confirman que el menor sigue con vida, aunque el acceso al punto exacto donde se encuentra es extremadamente complejo debido al estado de la estructura. Al mismo tiempo, se ha informado que al menos ocho ciudadanos cubanos han fallecido y otros 21 permanecen desaparecidos tras los sismos, lo que evidencia el alcance transnacional de la tragedia y la presencia de comunidades migrantes entre las víctimas. En este contexto, grupos de cubanos dentro y fuera de la isla han compartido videos y mensajes en redes pidiendo más información, más apoyo consular y más visibilidad para los casos de familias que todavía esperan noticias de sus seres queridos debajo de los restos de edificios como Oasis Beach y Coral Beach.

Los testimonios audiovisuales que circulan —como el reel asociado a la noticia— muestran una mezcla de desesperación y esperanza: imágenes de estructuras completamente colapsadas, maquinaria removiendo bloques de concreto, rescatistas trabajando con cascos y arnés, y familiares esperando detrás de los cordones de seguridad, a la intemperie. En algunas declaraciones, miembros de los equipos internacionales han resumido la situación con frases que calan hondo: “Hemos conseguido salvar a ocho personas que estaban atrapadas bajo los escombros, ocho personas que hoy están vivas y que probablemente no estarían aquí sin este esfuerzo colectivo”, afirmó uno de los responsables de brigadas de apoyo días antes de que se conociera el caso de los 21 posibles sobrevivientes en Oasis Beach. Cada cifra que se agrega —muertos, heridos, desaparecidos, rescatados— representa historias personales, familias, proyectos suspendidos y duelos que apenas comienzan. Frente a eso, surge otra pregunta importante: ¿cómo se acompaña emocionalmente a los supervivientes y a los parientes de las víctimas más allá del momento del rescate, cuando las cámaras se apagan y empieza la reconstrucción lenta de la vida diaria?