El sacerdote cubano Alberto Reyes Pías, párroco de la iglesia de Esmeralda en Camagüey, volvió a poner sobre la mesa el debate sobre la naturaleza de la crisis en la isla con una reflexión publicada el 1 de agosto de 2026 bajo el título “Nuestro grito no es asistencial, es de cambio”. En su texto, Reyes sostiene que el problema de fondo no se resuelve con paquetes de ayuda, subsidios temporales o medidas paliativas, sino con transformaciones estructurales que permitan a los cubanos vivir con dignidad y libertad. “Ningún poder tiene derecho a mantenernos en esta miseria agónica”, escribió el religioso, en un mensaje que ha circulado ampliamente en redes sociales y que ha sido compartido por diversos medios y plataformas digitales. La pregunta que deja abierta es clara: ¿hasta qué punto las políticas actuales pueden ofrecer soluciones reales si no se tocan las raíces políticas e institucionales del colapso?
Reyes no es nuevo en este tipo de análisis; en los últimos meses ha descrito a Cuba como “un país en guerra” contra su propio pueblo, no con armas convencionales, sino con apagones, falta de medicamentos, precios inasequibles y un sistema de salud al borde del colapso. En una de sus entregas anteriores de la serie “He estado pensando”, señaló que “cada día, a cualquier hora, en cualquier momento, te disparan, te agreden, te atacan… con la corriente que se va, o que tarda en llegar, con los medicamentos que no encuentras, con la incomunicación agobiante, con lo que se acaba o se rompe y no puedes reponer”. Datos que él mismo cita y que han sido recogidos por varios medios indican que solo el 30% del cuadro básico de medicamentos está disponible, que el 89% de la población vive en pobreza extrema y que unas 96.000 cirugías han sido aplazadas en 2026, incluidas 11.000 en niños. Con ese panorama, Reyes argumenta que hablar de “asistencia” sin hablar de “cambio” es como poner curitas a una herida que necesita cirugía mayor.
El sacerdote también ha puesto el foco en el miedo como un elemento que atraviesa tanto a la población como a quienes ejercen el poder. En una reflexión previa, afirmó que “nuestro pueblo tiene miedo: miedo al cambio, a lo desconocido, a lo nuevo. Pero no solo tiene miedo el pueblo, el gobierno también vive con miedo”. Según Reyes, los que “se adueñaron de esta isla y la convirtieron en su feudo personal” terminaron atrapados en su propia cárcel, acostumbrados “a no tener límites, a obrar con impunidad, a no dar cuentas de nada a nadie”. Su lectura es que el temor de las autoridades radica en perder el control absoluto sobre el país, “a que Cuba empiece a pertenecer a todos y deje de ser su finca personal”, incluyendo el miedo a la libertad de pensamiento, a las redes sociales y a un sistema judicial libre y autónomo. ¿Es posible un cambio profundo cuando quienes gobiernan tienen tanto miedo de soltar el poder?
En medio de este diagnóstico, Reyes ha sido enfático al decir que las reformas económicas anunciadas por el régimen son insuficientes si no vienen acompañadas de libertades políticas reales. En sus palabras, “la crisis de Cuba no se resolverá sin libertad política”, y cualquier intento de liberalizar la economía sin tocar el monopolio del poder termina siendo, en su visión, una medida cosmética que no cambia la esencia del problema. Esta postura lo ha convertido en una de las voces más críticas dentro de la Iglesia católica en Cuba, y también en un referente para muchos cubanos que se sienten representados por su manera de nombrar sin rodeos lo que viven día a día. Al mismo tiempo, su mensaje plantea otro debate: ¿qué tipo de cambio es posible en un contexto de represión, censura y control casi total de los medios y las instituciones?
La reflexión del 1 de agosto cierra con un llamado que va más allá del lamento: “Nuestro grito no es asistencial, es de cambio radical”, escribe Reyes, subrayando que la población no pide solo paliativos, sino la posibilidad de decidir sobre su propio futuro. Su texto no ofrece una hoja de ruta concreta, pero sí deja varias preguntas sobre la mesa: ¿qué cambios son posibles en el corto y mediano plazo? ¿Qué papel pueden jugar la Iglesia, la sociedad civil y la diáspora en ese proceso? ¿Hasta cuándo puede sostenerse un sistema que mantiene a la mayoría de la población en pobreza extrema y sin acceso a servicios básicos? Más que dar respuestas cerradas, el Padre Alberto Reyes parece buscar abrir espacios de conversación, para que cada cubano se pregunte, desde su propia realidad, qué tipo de país quiere y qué está dispuesto a hacer para construirlo.
