Un grupo de residentes de Cienfuegos, entre ellos numerosas madres, se concentró el sábado frente a la sede del Gobierno Provincial para reclamar por apagones que, según los participantes, superaban las 48 horas en zonas del centro histórico y el reparto Reina. Las imágenes fueron transmitidas y difundidas por el opositor Raúl González González, coordinador del movimiento Consenso Ciudadano, y replicadas por medios independientes y periodistas en redes sociales.
El reclamo no se limitó a exigir el restablecimiento eléctrico. En la transmisión, González resumió una realidad más amplia: “día y noche sin corriente, sin comida, sin medicinas”. Esa frase conecta la protesta con la experiencia cotidiana de miles de hogares cubanos, donde la falta de electricidad no es una molestia doméstica sino un factor que impide conservar alimentos, cocinar, bombear agua, cargar teléfonos o proteger a niños, ancianos y enfermos durante el calor. La protesta convierte esa acumulación de carencias privadas en una demanda pública de explicación y responsabilidad.
Los manifestantes cuestionaron, además, que los circuitos vinculados a las autoridades locales no sufrirían cortes en la misma medida que las zonas residenciales. La acusación no ha sido respondida públicamente, ni existen datos oficiales disponibles que permitan comparar de forma transparente los horarios de afectación por circuito. Pero el señalamiento revela una percepción social decisiva: que el sacrificio energético se distribuye de forma desigual. En un país que sostiene un discurso de justicia social, la opacidad sobre quién permanece con electricidad y quién pasa días sin ella erosiona la confianza y profundiza el malestar.
La versión institucional suele atribuir los apagones al déficit de generación, averías en termoeléctricas, falta de combustible y mantenimiento de una infraestructura envejecida. Esas causas existen y no pueden simplificarse. Sin embargo, una explicación técnica resulta insuficiente cuando no viene acompañada de cronogramas confiables, información local verificable y medidas de protección para quienes dependen de la corriente para preservar medicinas o alimentos. La distancia entre los partes generales y la situación concreta de un barrio alimenta el sentimiento de abandono que se escuchó frente al Gobierno Provincial.
La concentración de Cienfuegos ocurrió el mismo día en que residentes de La Habana Vieja bloquearon una calle ante cortes repetidos y falta de respuesta institucional. No se trata necesariamente de una coordinación nacional, sino de señales simultáneas de agotamiento en territorios distintos. La protesta en Cienfuegos fue, sobre todo, un acto de vecindad: personas que normalmente resuelven en silencio acudieron juntas a la sede del poder provincial porque las vías ordinarias de queja no parecían suficientes.
Para los trabajadores estatales con salarios erosionados, perder lo poco comprado por falta de refrigeración supone un golpe adicional al bolsillo. Para negocios privados, implica deterioro de mercancías, menos horas de trabajo y gastos en plantas, baterías o combustible. Para los jóvenes, que ya contemplan la emigración como estrategia de salida, estas escenas confirman la idea de un futuro suspendido entre apagones, precariedad y falta de interlocución. Y para quienes protestan, permanece el temor de ser identificados, vigilados o descritos como “contrarrevolucionarios” por expresar una demanda elemental.
La protesta ante el Gobierno Provincial de Cienfuegos muestra que la crisis eléctrica ha dejado de medirse solo en megavatios disponibles: se mide en comida perdida, salud expuesta, tiempo de vida consumido y confianza política deteriorada. Dar respuestas exige más que pedir resistencia; requiere publicar datos por territorio, escuchar sin criminalizar y priorizar a quienes enfrentan mayor vulnerabilidad. ¿Informarán las autoridades cuántas horas reales permanecieron sin servicio esos circuitos? ¿Qué garantías tendrán las familias para reclamar sin temor cuando el apagón vuelva a prolongarse?
