Lata de Shaka y jóvenes compartiendo tragos de Shaka

Una reunión de la Comisión Municipal de Drogas, con participación de Salud Pública, Gobierno, Fiscalía, Minint y Ministerio de Trabajo, evaluó un subprograma para abordar el consumo de “shaka” entre jóvenes. La comunicación difundida presenta el producto como una bebida energética en auge dentro del mercado privado, asociada a cafeína, azúcar, taurina y vitaminas del complejo B; además alerta sobre preparaciones clandestinas con posibles sustancias tóxicas. No se han divulgado, sin embargo, datos públicos sobre decomisos, análisis de laboratorio, intoxicaciones confirmadas, composición de marcas concretas ni edades de los afectados. Esa ausencia obliga a separar los riesgos comprobados de las denuncias que todavía requieren verificación independiente.

 

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El peligro de las bebidas energéticas para menores no es una invención local. La Academia Americana de Pediatría recomienda que niños y adolescentes eviten estos productos por su carga de cafeína y azúcar, mientras revisiones médicas recientes describen riesgos de taquicardia, aumento de la presión arterial, ansiedad, insomnio, temblores y alteraciones del ritmo cardíaco, sobre todo con consumos elevados o combinaciones de estimulantes. La advertencia es especialmente importante si una bebida no declara con claridad sus ingredientes, su concentración de cafeína, el lugar de fabricación o las condiciones higiénicas de su elaboración.

Pero la gravedad sanitaria no autoriza a convertir cualquier botella sospechosa en una historia oficial sin pruebas. La afirmación de que algunas versiones contienen formol o anestésicos veterinarios requiere resultados de laboratorios identificables, fechas, lotes, dosis y protocolos de vigilancia epidemiológica. De otro modo, el mensaje de prevención puede perder credibilidad entre los propios adolescentes, acostumbrados a comprobar en redes que muchas campañas institucionales exageran, estigmatizan o confunden consumo problemático con comportamiento juvenil. Informar con rigor incluye explicar qué se sabe, qué no se sabe y dónde pueden acudir las familias ante síntomas de intoxicación.

El auge de estas bebidas debe leerse también dentro de la vida cotidiana cubana. Muchos jóvenes estudian, trabajan en el sector estatal o privado, realizan largas colas, enfrentan transporte irregular y viven con apagones que trastornan el descanso. La promesa de energía inmediata encuentra terreno fértil en una sociedad cansada, con horarios inestables y escasas opciones asequibles de ocio. La cafeína no resuelve la falta de sueño, hidratación o alimentación: puede ofrecer una alerta temporal y, después, profundizar un ciclo de agotamiento, ansiedad e insomnio. La evidencia disponible advierte que varias bebidas comerciales ya superan en una sola porción los 100 miligramos diarios que se recomiendan como máximo para adolescentes.

La respuesta estatal parece reunir prevención, control de ventas y acciones en escuelas y comunidades. Es razonable que se regulen los productos sin etiquetado, se exija trazabilidad, se inspeccionen puntos de producción y se impida la venta a menores. Sin embargo, una estrategia eficaz no puede reducirse a operativos policiales ni a discursos moralizantes. Incluir Fiscalía y Minint puede ser necesario frente a adulteraciones reales, pero Salud Pública debería encabezar el componente informativo con datos abiertos, campañas comprensibles y atención no punitiva. Un adolescente con palpitaciones, ansiedad o dependencia no necesita miedo a ser señalado: necesita orientación clínica y una familia que confíe en el sistema.

La discusión está revelando un malestar que excede al “shaka”. En redes, los temas que más conectan con los jóvenes suelen ser el cansancio, la búsqueda de ingresos, la emigración y la percepción de que las instituciones solo aparecen cuando toca prohibir. La prevención será más creíble si reconoce esa realidad y ofrece alternativas: horarios escolares razonables, espacios culturales, salud mental accesible, deporte y oportunidades laborales con salarios que no obliguen a sobrevivir a base de estimulantes.

El reto consiste en proteger sin fabricar pánico y regular sin criminalizar la pobreza. Si existen bebidas adulteradas, ¿por qué no publicar de inmediato los análisis y alertas sanitarias verificables? Y si el consumo responde también a un país exhausto, ¿qué políticas cambiarán las condiciones que convierten una lata o una botella en una salida cotidiana?