Rodrigo Londoño, conocido como Timochenko, salió a defender públicamente a Cuba luego del anuncio del presidente electo de Colombia, Abelardo De La Espriella, sobre el corte total de relaciones diplomáticas con la isla y con Nicaragua. En un mensaje difundido en X, el exjefe de las FARC pidió revisar la decisión y escribió: “Llamo a la reflexión sobre la ruptura anunciada de relaciones diplomáticas con Cuba. Cuba es un país amigo, con un pueblo heroico y un gobierno solidario con la paz de Colombia”. La reacción volvió a poner sobre la mesa una discusión sensible: ¿debe primar el giro político del nuevo gobierno o el peso histórico de Cuba en el proceso de paz colombiano?
La defensa de Londoño se sostiene en el papel que jugó La Habana como país garante, junto con Noruega, durante las negociaciones entre el gobierno colombiano y las FARC-EP que desembocaron en el Acuerdo Final de Paz de 2016. Esas conversaciones comenzaron en 2012 y se desarrollaron durante casi cuatro años en Cuba, con una firma inicial en agosto de 2016 en La Habana, antes de la ceremonia en Cartagena y la refrendación definitiva en Bogotá en noviembre de ese mismo año. Para Timochenko, esa experiencia deja una deuda moral con la isla, razón por la cual cerró su mensaje con una frase contundente: “A Cuba, faro moral de la humanidad, debemos infinita gratitud. Cuba y Colombia, países hermanos”.

El anuncio del presidente electo no se limita a Cuba. Según lo expresado por De La Espriella, su gobierno romperá relaciones con Cuba y Nicaragua desde el día de su posesión, prevista para el 7 de agosto de 2026, y además cerrará 14 embajadas dentro de un plan de austeridad y reducción del Estado. Durante la campaña, el mandatario electo endureció su discurso frente al antiguo jefe guerrillero, a quien dijo que “merece estar preso de por vida”, y adelantó que impulsará acciones para que responda ante la justicia. El choque político, por tanto, no es nuevo, pero sí más visible ahora que el anuncio ya tiene fecha de ejecución.
La respuesta de La Habana tampoco tardó. El Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba calificó la decisión como un “acto de subordinación” a Estados Unidos y aseguró que no responde a los intereses nacionales colombianos. En su comunicado, la Cancillería sostuvo que la ruptura “no representa el sentir del hermano pueblo colombiano” y defendió el apoyo que Cuba ha prestado durante décadas a los esfuerzos por una salida política al conflicto interno de Colombia. Esa postura oficial confirma que el asunto trasciende una pelea bilateral y toca el terreno diplomático, ideológico y simbólico.
Lo que está en juego ahora es más amplio que una disputa entre nombres propios. Si la ruptura se concreta al asumir De La Espriella, Colombia y Cuba vivirán un tercer quiebre diplomático en su historia, tras los de 1961 y 1981, lo que marcaría un giro fuerte en la política exterior del país suramericano. En ese escenario, la pregunta no es solo qué pasará entre gobiernos, sino qué efecto tendrá esa decisión sobre la memoria del proceso de paz, la cooperación regional y el mensaje que ambos países envían al resto de América Latina. ¿Pesa más la gratitud por el pasado o la línea dura del nuevo gobierno?
