Irán confirmó la suspensión formal de sus compromisos bajo el llamado Memorando de Islamabad, el frágil alto el fuego alcanzado con Estados Unidos apenas un mes atrás, alegando que Washington “ha violado y suspendido todos sus compromisos” dentro de ese marco. Según el viceministro de Relaciones Exteriores Kazem Gharibabadi, citado por medios oficiales iraníes, “nosotros también hemos suspendido nuestros compromisos; no los estamos implementando, y estamos ocupados defendiendo el país”, dando por roto de facto el mecanismo que debía contener la violencia durante 60 días. El memorando, mediado por Pakistán con participación de Qatar, Arabia Saudí y Turquía, había sido firmado electrónicamente por Donald Trump el 17 de junio de 2026 y ratificado en persona en Suiza por el vicepresidente JD Vance y el canciller iraní Abbas Araghchi los días 18 y 19. El texto incluía reapertura del Estrecho de Ormuz, inicio de conversaciones de desnuclearización y descongelación de entre 12.000 y 25.000 millones de dólares en activos iraníes, pero dejaba sin definir al menos ocho puntos sensibles, lo que generó versiones enfrentadas sobre su alcance desde el primer día.
La ruptura se aceleró tras nuevos ataques en el Golfo. La Guardia Revolucionaria Islámica atacó buques comerciales en el Estrecho de Ormuz los días 6 y 7 de julio, lo que llevó a Trump a declarar públicamente el acuerdo “finalizado” durante la cumbre de la OTAN en Ankara, el 8 de julio. Desde entonces, Estados Unidos ha lanzado al menos cinco oleadas sucesivas de bombardeos contra más de 300 objetivos en territorio iraní, entre ellos instalaciones de misiles, infraestructura de drones, capacidades navales de la Guardia Revolucionaria y depósitos de municiones. Teherán respondió con misiles balísticos y drones contra bases estadounidenses en Kuwait, Baréin, Jordania, Omán y Qatar, causando al menos un muerto y 60 heridos entre el personal de EE. UU., según cifras reconocidas por Washington. El Ministerio de Sanidad iraní, por su parte, reportó 50 fallecidos y 500 heridos en Irán en tres semanas de ataques, lo que muestra que el periodo posterior al acuerdo ha sido, en la práctica, más intenso que la fase previa.
Además del frente militar, la batalla se ha trasladado al terreno económico y simbólico. Irán acusa al Departamento del Tesoro estadounidense de revertir la suspensión temporal de sanciones sobre la venta de petróleo iraní, algo que Teherán califica como “violación flagrante del artículo 10” del Memorando de Islamabad. Esta decisión implica que los ingresos petroleros iraníes vuelven a estar bajo fuerte presión, justo cuando el país esperaba un alivio limitado a cambio de frenar su escalada regional. En el plano interno, el nuevo líder supremo Mojtaba Jamenei, designado en marzo tras la muerte de Ali Jamenei, ordenó el 11 de julio continuar los ataques y descartó cualquier retorno inmediato a la mesa de negociación, enviando un mensaje claro tanto al exterior como a la élite política iraní. En paralelo, en Teherán se instaló en la Plaza Palestina un mural con ataúdes de Trump, Melania y sus hijos bajo el lema “Sangre por sangre”, un gesto que eleva todavía más la tensión y complica cualquier intento de desescalar en el corto plazo.
El Memorando de Islamabad, pese a su brevedad —apenas página y media—, había sido presentado como el primer intento serio de poner fecha a un alto el fuego estructurado entre Washington y Teherán, con una tregua inicial de 60 días y un calendario para negociar restricciones al programa nuclear y el levantamiento gradual de sanciones. Sin embargo, desde su firma se conoció que al menos ocho temas clave quedaron en una zona gris: el alcance concreto de la reapertura del Estrecho de Ormuz, los límites al apoyo iraní a grupos armados aliados en la región, las modalidades de verificación nuclear y los plazos exactos de descongelación de activos, entre otros. Esa ambigüedad alimentó lecturas opuestas: mientras Estados Unidos hablaba de un compromiso de “no agresión” durante el periodo de diálogo, funcionarios iraníes insistían en que el texto solo cubría un marco temporal para negociar un acuerdo más amplio, sin renunciar a su capacidad de respuesta si se sentían atacados. En ese contexto, ¿era cuestión de tiempo que cualquier incidente en el Golfo sirviera como detonante para dar el pacto por muerto?
El Instituto para el Estudio de la Guerra ya había advertido, el 13 de julio, que el alto el fuego estaba roto de hecho, señalando que los intercambios de fuego en el Golfo Pérsico eran “más intensos que durante la propia tregua”. La quinta oleada de ataques aéreos de Estados Unidos contra posiciones en Irán se produjo un día antes del anuncio oficial iraní de suspensión, consolidando una dinámica de acción‑reacción en la que cada bando acusa al otro de haber sido el primero en romper su palabra. Mientras tanto, los actores regionales que ayudaron a mediar —Pakistán, Qatar, Arabia Saudí y Turquía— ven cómo su esfuerzo diplomático se desliza hacia el fracaso, con un Estrecho de Ormuz otra vez en riesgo de bloqueo intermitente y un mercado energético global pendiente de cada misil que vuela. En este escenario, la gran incógnita es si todavía existe espacio político en Teherán y en Washington para regresar a un esquema de contención, o si ambos han cruzado ya un punto de no retorno en el que la lógica militar pesa más que cualquier memorando.
