Brasil vuelve a sentarse en la mesa del G7, pero no como miembro, sino como país invitado por la presidencia francesa a la cumbre que se celebra en Évian-les-Bains, Francia, del 15 al 17 de junio. Según la Agencia Brasil y el Itamaraty, será la décima vez que Luiz Inácio Lula da Silva participa en una reunión del G7 como invitado especial, un récord entre líderes de países en desarrollo. El propio presidente escribió antes del viaje: “Por invitación del presidente Emmanuel Macron, parto esta tarde hacia Francia. Allí, por décima vez, representaré a Brasil en la Cumbre del G7”, subrayando el peso simbólico de su presencia pese a que Brasil no forma parte del grupo. ¿Es solo un gesto protocolario o una señal de que las economías avanzadas necesitan escuchar más al Sur Global?
La diplomacia brasileña ha dejado claro qué mensaje quiere llevar. Agencia Brasil explica que Lula centrará su discurso en “apoyo al desarrollo” y en la necesidad de una “nueva gobernanza global”, con énfasis en la reforma de organismos como la Organización Mundial del Comercio (OMC) y las Naciones Unidas. En palabras del propio Lula, citadas por la prensa oficial, “si la ONU no está funcionando hoy, no es destruyendo la ONU como vamos a arreglar el mundo; es reconstruyendo la ONU”, en defensa de un multilateralismo más representativo. El gobierno brasileño resume así el propósito del viaje: Brasil quiere “llevar la voz del Sur Global” y defender paz, multilateralismo, desarrollo sostenible y cambios en la arquitectura internacional. ¿Hasta qué punto los países del G7 están dispuestos a compartir poder en esas instituciones?
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La agenda de trabajo de Lula en Évian incluye temas muy concretos. De acuerdo con el Ministerio de Relaciones Exteriores, el presidente participará en una sesión sobre “asociaciones internacionales para el desarrollo” el día 16, donde insistirá en ampliar la asistencia oficial a los países más vulnerables. Al día siguiente, intervendrá en un debate sobre “crecimiento económico equilibrado”, ocasión en la que volverá a defender la reforma de la gobernanza global, en especial en la OMC y la ONU. La delegación brasileña también tomará parte en una sesión sobre inteligencia artificial, un tema que, según Agencia Brasil y la Fundación Perseu Abramo, gana espacio en la agenda internacional y donde Brasil pretende alertar sobre impactos sociales y desigualdades tecnológicas. ¿Podrá un país invitado influir realmente en documentos que, como recordó el Itamaraty, solo negocian de forma plena los miembros del G7?
Hay también un trasfondo político delicado. Medios como Deutsche Welle y Reuters señalan que la cumbre llega en un momento de tensiones por las guerras en Oriente Medio y Ucrania, y por las políticas comerciales de Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump. El portal PlatoBR y análisis en medios brasileños recuerdan que Planalto e Itamaraty evalúan la conveniencia de una posible reunión bilateral entre Lula y Trump en los márgenes del encuentro, después de los nuevos aranceles estadounidenses sobre productos brasileños, aunque “la agenda aún no está marcada”. ¿Un eventual cara a cara serviría para rebajar tensiones y abrir diálogo sobre comercio, clima y democracia, o añadiría ruido a una cumbre ya cargada de asuntos sensibles?
Aun como invitado sin voto formal, Brasil busca aprovechar la visibilidad del G7 para reposicionarse como interlocutor clave del Sur Global. Documentos del Itamaraty citados por Agencia Brasil indican que el país enviará contribuciones a los siete textos en negociación de la cumbre, aunque la aprobación final recaiga solo en los miembros plenos. Lula llega con la intención declarada de “cobrar ayuda al desarrollo” y de reclamar que las grandes economías asuman más responsabilidades en financiamiento climático, combate al narcotráfico y al crimen transnacional, además de apoyar reformas que permitan mayor representación de África y América Latina en los foros globales. ¿Será escuchado como un aliado incómodo que cuestiona el statu quo o como un puente necesario entre el Norte y el Sur? La respuesta dependerá tanto de los gestos del G7 como de la capacidad de Brasil para articular una agenda común con otros invitados.
