La influencer española Roro posa junto a la bandera de Perú ondeando sobre las ruinas de Machu Picchu, en el contexto de acusaciones de xenofobia.

La controversia en torno a La creadora de contenido Rocío López Bueno, conocida como Roro no nace de una sola frase, sino de la forma en que internet recicla los archivos personales hasta transformarlos en juicio público. En la versión que circula en su propia cuenta, la influencer reconoce que el comentario lo hizo cuando tenía 17 años y dice que entonces era “una niña ignorante”, una explicación que busca contextualizar el error sin negarlo. La clave del caso no está solo en la disculpa, sino en que el comentario fue reactivado ahora, en pleno ambiente de exposición permanente y castigo instantáneo.

captura del comentario de asco de Roro cuando le preguntaron si era peruana
La influencer española Roro, con el usuario @whoisroro, responde «never» a una pregunta sobre su nacionalidad peruana, lo que genera comentarios que la acusan de xenofobia.
Roro pide disculpas a peruanos
La influencer española Roro presenta sus disculpas a Perú por un comentario xenófobo que publicó a los 17 años en sus redes sociales.

Lo que ha pasado muestra una dinámica muy conocida: una captura vieja reaparece, se comparte sin matices y se convierte en una prueba moral contra quien la escribió. En este caso, la acusación de xenofobia no se discute en abstracto, porque toca una sensibilidad fuerte en Perú y en buena parte de América Latina, donde los prejuicios contra migrantes y contra otras nacionalidades siguen siendo una herida social real. La diferencia es que hoy ese tipo de expresiones no se pierden en el ruido; quedan archivadas, se rescatan y vuelven como boomerang.

La reacción en redes confirma que el tema ya se salió del terreno de la anécdota. En los comentarios visibles del post hay defensa, burla, rechazo y también desconfianza sobre la sinceridad de la disculpa, lo que deja claro que el público no está leyendo el episodio como una simple metida de pata juvenil. Algunos usuarios restan importancia al hecho por el tiempo transcurrido; otros sostienen que una disculpa no borra el impacto de una frase discriminatoria, aunque haya sido escrita años atrás. Esa división dice mucho sobre el clima digital actual: la empatía existe, pero compite con una cultura de linchamiento que se alimenta de la indignación.

También hay un ángulo incómodo para la conversación pública: la rapidez con la que se exige pureza moral a figuras jóvenes que construyen su carrera a base de exposición continua. Roro no es una excepción, sino parte de un modelo donde la vida privada, el pasado y la identidad se vuelven insumos del espectáculo. Ese modelo premia la provocación, castiga la ambigüedad y empuja a los creadores a administrar crisis en lugar de sostener conversaciones serias sobre racismo, clasismo o desprecio nacional.

El impacto real no se limita a la reputación de una influencer. Casos así refuerzan una idea peligrosa: que el perdón público se ha vuelto un trámite de supervivencia en redes, y no un proceso de reflexión real. En paralelo, dejan expuesto algo más profundo: la facilidad con la que muchas personas consumen insultos, memes y humillaciones como entretenimiento, incluso cuando el contenido reproduce prejuicios contra pueblos enteros. ¿Estamos ante una corrección necesaria de lo que se dijo o ante otra escena en la que el escándalo sustituye al debate? ¿Cuánto de esta indignación corrige y cuánto simplemente alimenta la próxima viralidad?