Rapunzel en Girona

Girona lleva días convertida en material de espectáculo global gracias al rodaje del live action de Enredados, la adaptación de Disney inspirada en Rapunzel, con la Catedral y el Barri Vell transformados en el reino ficticio de Corona. La película se está filmando en España, con base de operaciones en la Comunidad Valenciana, y el montaje de decorados en la ciudad catalana ha disparado la circulación de fotos y videos en redes, donde el interés se mezcla con la curiosidad por ver cómo una urbe histórica se vende como fantasía exportable.

El discurso oficial, en la medida en que se deja ver a través de la cobertura promocional y de la propia maquinaria de Disney, es simple: un rodaje de gran escala, una ciudad patrimonial convertida en escaparate internacional y una producción que atrae cámaras, figuración y atención mediática. La información publicada por 20 Minutos confirma que el equipo ha construido en Girona un decorado del castillo del reino Corona, con cortinas y tapices azules y dorados, y que las imágenes del rodaje han corrido rápido por redes. En otras coberturas recientes se menciona además una logística que incluye cientos de figurantes y otras localizaciones en España, lo que refuerza la dimensión industrial del proyecto.

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Pero el entusiasmo visual no debería tapar la pregunta de fondo: ¿qué deja realmente este tipo de rodaje en una ciudad como Girona? La respuesta suele ser más modesta de lo que sugieren los videos virales. Hay impacto puntual en hostelería, transporte y servicios técnicos, sí, pero también molestias para vecinos, uso intensivo del espacio público y una apropiación momentánea del patrimonio para fines privados. En una economía cada vez más dependiente del turismo y de la marca-ciudad, estas superproducciones funcionan como publicidad gratuita para plataformas y estudios, mientras la ciudad aporta el decorado y soporta la presión cotidiana.

Las redes han hecho el resto. Las imágenes del castillo improvisado, de Rapunzel con su trenza y del reparto circulando por el casco histórico alimentan una narrativa de “cuento de hadas” que encaja bien con el marketing cultural de Disney. Sin embargo, esa misma viralidad revela otra realidad: la cultura convertida en evento, el patrimonio en fondo de pantalla y la atención pública absorbida por una maquinaria global que siempre busca reducir la conversación a la espectacularidad. En medios como RTVE y otras coberturas de la semana se repite el mismo patrón: el rodaje se presenta como acontecimiento, mientras el contexto económico y laboral queda en segundo plano.

También hay una lectura más amplia. Que un gran estudio extranjero elija España para filmar no es solo una anécdota de entretenimiento; habla de ciudades europeas compitiendo por atraer inversión cultural bajo condiciones favorables, y de un modelo donde la identidad local se vuelve recurso comercial. Girona gana visibilidad, pero el beneficio simbólico no siempre se traduce en bienestar material para quienes viven allí. ¿Es un impulso cultural o una operación de marca? ¿Y cuánto dura el brillo cuando se apagan las cámaras?