cartón de huevos y pomo de aceite

El Acuerdo No. 127 del Consejo Provincial del Poder Popular establece un margen comercial máximo de 30% en operaciones mayoristas y minoristas para aceite, huevos, leche en polvo, azúcar refino y salchichas. El tope minorista fija el litro de aceite en 2.500 pesos, el huevo en 110 pesos por unidad, el kilogramo de leche en polvo en 3.465 pesos, la libra de azúcar en 410 pesos y el kilogramo de salchichas en 1.500 pesos. Según la explicación oficial, la decisión busca proteger los ingresos de la población frente al alza “indiscriminada” de precios, tras revisar costos de importación, transporte y comercialización.

La medida contiene una contradicción visible: controlar el margen comercial no crea productos, divisas, combustible ni capacidad de transporte. Cuando la oferta es escasa y los costos de reposición son impredecibles, un precio máximo puede aliviar a quienes alcancen a comprar, pero también puede empujar mercancías fuera de los mostradores formales. Comerciantes privados, mipymes y vendedores por cuenta propia enfrentan el riesgo de no poder reponer inventarios si los cálculos oficiales no reflejan el dólar informal, las pérdidas por apagones, los costos de traslado o la cadena de intermediarios. En ese escenario, la regulación puede terminar premiando a quien tiene acceso privilegiado a suministros y castigando al pequeño vendedor que opera con márgenes estrechos.

El discurso gubernamental sitúa el problema en los precios abusivos y anuncia un refuerzo inmediato de inspectores. Las sanciones previstas incluyen multas, decomiso, venta forzosa de productos, suspensión temporal o cancelación de licencias y clausura parcial o total de establecimientos, bajo el Decreto-Ley 91 de 2024 y el Decreto 30 de 2021. Pero las denuncias en redes apuntan a una realidad más amplia: aceite, huevos y leche en polvo ya se comercializan por encima de los valores ahora establecidos, precisamente porque son productos difíciles de encontrar y su venta depende en gran medida de importaciones, remesas y circuitos privados.

El precio del huevo ilustra el choque entre norma y bolsillo. A 110 pesos por unidad, un cartón de 30 costaría 3.300 pesos, una cifra considerable para trabajadores estatales y jubilados, incluso si se cumple el límite. Reportes recientes de consumidores ubican el cartón alrededor de 6.000 pesos en algunos territorios, lo que convierte una fuente elemental de proteína en un gasto excepcional. El aceite a 2.500 pesos por litro tampoco es un precio popular: una familia con varios integrantes debe decidir qué cantidad comprar, qué comida reducir y cuánto dinero reservar para el transporte, los medicamentos o la recarga del teléfono.

La medida afecta de forma desigual. Para las familias con remesas o ingresos en moneda extranjera, los topes pueden representar un ahorro relativo si encuentran mercancía. Para quienes viven de salarios en pesos, el alivio es limitado porque el problema central es la pérdida de poder adquisitivo. Los pequeños negocios, por otra parte, quedan entre la exigencia de cumplir y la incertidumbre de abastecerse. Si el control se concentra en multas y decomisos sin transparentar costos, inventarios y vías de suministro, puede profundizar el temor a operar legalmente y reforzar mercados informales más caros.

Villa Clara pone sobre la mesa una discusión necesaria: el Estado tiene responsabilidad en frenar abusos y proteger el consumo popular, pero un precio decretado no equivale a una política alimentaria. El éxito de la medida dependerá de que haya productos, supervisión sin arbitrariedad y una corrección real del salario frente a la inflación. ¿Podrá el Gobierno asegurar abastecimiento estable a esos precios? ¿O las sanciones terminarán castigando los síntomas de una crisis productiva y monetaria que sigue sin resolverse?