La Federación de Fútbol de Estados Unidos y la de Canadá, coanfitrionas del recién finalizado Mundial 2026, anunciaron que respaldan la carta de UEFA, Concacaf y la confederación asiática (AFC) exigiendo “cambios significativos” en la gobernanza de la FIFA, mayor transparencia y verdadera rendición de cuentas. Es una ruptura simbólica fuerte: dos de los países que más negocio generan al fútbol global se colocan públicamente enfrente del presidente Gianni Infantino, mientras el tercer socio del Mundial, México, mantiene su apoyo al dirigente suizo y se distancia del reclamo. El detonante inmediato es el fallido plan de Infantino para crear FIFA Forward Enterprise, una filial comercial semiprivatizada para manejar los derechos del Mundial y otros torneos, un proyecto ya archivado, pero que dejó heridas abiertas en varias federaciones.
El discurso oficial de la FIFA intenta presentar el conflicto como un “esfuerzo concertado de algunos para socavar” al organismo y a su presidente, y asegura que el proyecto de privatización parcial quedó desechado tras escuchar a las federaciones. En paralelo, Infantino lleva semanas a la defensiva, acusando a la prensa y a ciertos dirigentes de “difundir odio y rumores” cada vez que se cuestiona su gestión del Mundial 2026, el uso político del torneo o la cercanía con gobiernos como el de Trump en Estados Unidos. La narrativa que emana de Zúrich repite un patrón reconocible: se victimiza al liderazgo, se habla de ataques desestabilizadores y se promete corrección de rumbo sin asumir responsabilidad estructural. La carta conjunta de UEFA, Concacaf y la AFC responde con una frase demoledora: “el fútbol no pertenece a ningún individuo” y el liderazgo no es una posesión que se pueda conservar o exigir para uno mismo.
Medios internacionales como El Comercio, As, Fox Sports o Yahoo subrayan otra arista incómoda: no estamos ante una rebelión romántica contra la corrupción, sino ante una disputa de poder y de modelo de negocio en la que confluyen intereses estatales, bloques regionales y capital privado. Desde hace años, la UEFA viene denunciando que las promesas de transparencia de Infantino de 2016 no se cumplieron y que la FIFA intentó dar un salto al pasado con la venta de una parte de sus derechos comerciales por unos 4.200 millones de dólares a inversores privados. En redes sociales, aficionados y periodistas recuerdan que buena parte de las federaciones que ahora se declaran “indignadas” aplaudieron en su día la expansión del Mundial y el aumento de ingresos, beneficiándose del reparto de dinero sin exigir mecanismos serios de control.
Para la gente de a pie, lo que parece una pelea de élites futboleras tiene impactos muy concretos: entradas más caras, mayor mercantilización del espectáculo, calendarios saturados que exprimen a jugadores y ligas locales, y una FIFA que se piensa más como conglomerado global que como entidad que redistribuya recursos hacia el fútbol base, femenino o comunitario. En América del Norte, donde el Mundial 2026 dejó estadios llenos pero también ciudades militarizadas, precios récord de boletos y espacios públicos condicionados por acuerdos comerciales, el giro de Estados Unidos y Canadá también puede leerse como un cálculo político interno: mostrar firmeza “ética” ante un Infantino desgastado mientras se preservan sus propias cuotas de influencia. México, en cambio, queda atrapado en la imagen de socio dócil que respalda al presidente de la FIFA incluso cuando su propia región, Concacaf, pide reformas.
Para federaciones pequeñas del Caribe y Centroamérica, que aparecen en el comunicado junto a U.S. Soccer y Canada Soccer, la apuesta es más arriesgada: dependen en gran medida de los fondos de desarrollo de la FIFA, pero aun así firman una declaración que reclama reforzar la gobernanza y la rendición de cuentas. La pregunta es cuánto margen real tendrán estos actores periféricos para influir en el rediseño de un organismo que, pese a todos los escándalos, sigue controlando el negocio deportivo más rentable del planeta. ¿Habrá cambios de fondo en la estructura de poder, o solo ajustes cosméticos que permitan a las mismas élites seguir repartiendo el pastel bajo un nuevo eslogan de “transparencia”? ¿Y hasta qué punto las aficiones —incluidas las latinoamericanas que consumen fútbol como escape a sus propias crisis— estarán dispuestas a exigir algo más que buen espectáculo cuando la política y el dinero vuelvan a imponerse sobre el juego?
