La 34 Feria Internacional del Libro de La Habana mantiene su condición de principal encuentro editorial de Cuba, pero llega en un momento especialmente difícil para el sistema cultural. La programación reúne autores, editores y correctores de 46 países, y por primera vez incorpora como sede principal la Estación Cultural de Línea, junto con otros espacios de la capital. La feria también extiende actividades hacia provincias, una decisión que intenta descentralizar el acceso y evitar que el evento quede reducido al circuito cultural habanero.
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El discurso oficial presenta la feria como una celebración de la lectura, la soberanía cultural y la continuidad de las políticas públicas del libro. En esa narrativa, el Estado aparece como garante de editoriales, premios, librerías y espacios de presentación, incluso cuando la economía nacional enfrenta falta de combustible, papel, transporte y divisas. El problema es que la defensa institucional de la cultura no siempre se traduce en disponibilidad real. Una feria puede ofrecer decenas de actividades y, al mismo tiempo, dejar a los lectores buscando ejemplares agotados o demasiado caros para sus ingresos.
El caso de Ediciones La Luz ilustra esa tensión. El sello holguinero presenta 17 novedades de poesía, narrativa, ensayo, teatro y literatura infantil, con una estrategia que apuesta por autores jóvenes y colecciones de formación. Su director reconoce que todos los títulos tienen versión impresa, algo excepcional en la Cuba actual, pero también admite que las tiradas son menores que la demanda. La frase resume una crisis editorial que no es solo de producción: imprimir poco significa restringir la circulación, encarecer cada ejemplar y convertir la lectura en una actividad cada vez más dependiente de contactos, préstamos, fotografías de páginas o archivos digitales.
En redes, las reacciones suelen oscilar entre el entusiasmo por las presentaciones y la frustración por los precios, el transporte y la falta de libros. Para estudiantes, jóvenes escritores y docentes, la feria sigue siendo uno de los pocos espacios donde pueden encontrar autores, conversar con colegas y acceder a novedades. Para familias que viven fuera de La Habana, sin embargo, el traslado puede costar más que varios libros. La extensión territorial del programa es positiva, pero su alcance dependerá de si las actividades llegan realmente a municipios con librerías debilitadas y no solo a capitales provinciales.
También existe una dimensión política que el lenguaje promocional suele suavizar. La Feria funciona como espacio de intercambio internacional, pero el sistema cultural cubano continúa marcado por límites a la publicación, la circulación y la expresión pública. La presencia de editoriales extranjeras no garantiza una conversación abierta sobre censura, exilio, presos políticos o la fuga de escritores. La cultura oficial puede celebrar la diversidad literaria en el escenario internacional y mantener fronteras estrechas para determinados debates dentro de la isla. Esa diferencia influye en qué libros llegan, cuáles se presentan y qué voces quedan fuera del programa visible.
La Feria del Libro revela, entonces, una paradoja: el interés por leer no desaparece, pero las condiciones materiales para sostenerlo se deterioran. La creatividad de sellos como La Luz y la expansión de actividades muestran que existe una comunidad cultural activa; las tiradas insuficientes, los precios y la centralización recuerdan que el acceso sigue siendo desigual. ¿Puede una política pública defender la lectura sin garantizar papel, salarios y distribución? ¿Y qué tipo de conversación nacional produce una feria internacional si algunos libros circulan con dificultad y ciertas voces apenas encuentran espacio?
