El actor cubano Roberto Perdomo recibió más de 1.500 dólares en una colecta impulsada por 63 personas del exterior, después de revelar en entrevistas que su jubilación de apenas 6.000 pesos mensuales no le alcanza para cubrir gastos básicos ni para viajar a conocer a su nieto. La entrega del dinero ocurrió durante una entrevista en el podcast Todos hablan del canal Cubamastv, donde le entregaron un sobre con 1.531 dólares reunidos en pocos días. La iniciativa partió de Amarilis Núñez, actriz y directora del canal, tras la avalancha de comentarios que generó una entrevista previa en la que Perdomo expuso sin rodeos la precariedad en que vive dependiendo de su pensión. ¿Es este tipo de ayuda un acto legítimo de solidaridad o un síntoma de que el sistema no está garantizando condiciones mínimas a sus artistas y jubilados?
En declaraciones recogidas a mediados de agosto, Perdomo detalló que su jubilación es de apenas 6.000 pesos al mes, una cifra que él mismo calificó de “ofensiva” y que, según explicó, no le permite ahorrar para un pasaje de avión y conocer en persona a su nieto Leo, nacido en el extranjero en abril de 2025. En otra entrevista, afirmó que “se me va el salario en transporte” y reveló que, por esa razón, nunca ha estado en Varadero y ha tenido que rechazar funciones de teatro porque el costo de los traslados consume prácticamente todo lo que gana. “Los 4.700, saqué la cuenta en esos dos ejemplos que te pongo. Digo, a ver, son funciones, cuatro fines de semana, el salario es 4.000 y pico, se me va el salario en transporte, porque 200 para acá y 200 para allá, semanal, tres días y son cuatro semanas… no se puede, me sacrifico”, dijo Perdomo al describir la trampa económica que enfrentan muchos trabajadores culturales. ¿Cuántos cubanos en situación similar no tienen la visibilidad de un rostro conocido para que alguien organice una colecta en su favor?
La colecta no fue el único gesto: además del dinero, Perdomo recibió una invitación para incorporarse como actor invitado a una nueva serie humorística, una oportunidad que podría darle ingresos adicionales y mayor exposición. En videos y publicaciones posteriores, el actor se mostró emocionado hasta las lágrimas y agradeció públicamente a quienes aportaron, al tiempo que reiteró su deseo de reencontrarse con su familia en el extranjero, especialmente con sus hijas y su nieto. “Materialmente no tengo nada”, había dicho en una entrevista previa, subrayando que no quiere convertirse en una carga para otras personas y que cualquier decisión sobre salir de Cuba dependería de las condiciones que pudiera tener fuera. ¿Qué peso tiene la ayuda puntual frente a la necesidad de un ingreso estable y de políticas que protejan a los jubilados del sector cultural?
El caso de Perdomo encendió un debate en redes sobre la situación de los jubilados en Cuba, donde pensiones como la suya equivalen en 2026 a apenas unos pocos dólares al cambio informal y quedan muy por debajo del costo real de la canasta básica. Usuarios dentro y fuera de la isla expresaron conmoción por la ayuda y, al mismo tiempo, preguntaron por qué un artista con décadas de trayectoria termina dependiendo de la generosidad de seguidores para cubrir necesidades elementales. Algunos comentarios pidieron que esa solidaridad se traduzca también en apoyo para que pueda viajar y reencontrarse con su familia, mientras otros señalaron que no todos los jubilados tienen quien organice una colecta para ellos. ¿Debe la solución depender de campañas esporádicas o de mecanismos institucionales que garanticen pensiones dignas y acceso a servicios básicos?
Más allá del alivio inmediato que representa el donativo, la historia de Perdomo pone sobre la mesa preguntas incómodas sobre el valor que se le da a la cultura, al trabajo artístico y a la vejez en un contexto de crisis económica prolongada. Su testimonio muestra cómo el costo del transporte, la inflación y la brecha entre ingresos y precios reales convierten actividades tan simples como ir a ensayar o viajar dentro del país en decisiones casi imposibles para muchos. Al mismo tiempo, la respuesta rápida de la diáspora evidencia la capacidad de organización y el deseo de ayudar, pero también deja abierta la discusión sobre hasta dónde puede llegar la solidaridad privada frente a responsabilidades que, por definición, son públicas. ¿Qué cambiaría si en lugar de una colecta existieran pensiones indexadas a la realidad económica, tarifas subsidiadas para artistas y mecanismos claros de apoyo a la tercera edad en el sector cultural?
