Delta Air Lines ya comunicó oficialmente que iba a recortar drásticamente su conexión con Cuba entre finales de 2025 y el invierno de 2026, con la autorización del Departamento de Transporte de EE. UU. (DOT), y eso ya se está ejecutando en su plan de rutas actual. Según documentos presentados al DOT, la aerolínea cancela por completo la ruta directa Atlanta–La Habana durante la temporada de invierno 2025‑2026 y reduce a la mitad sus vuelos Miami–La Habana, pasando de dos vuelos diarios (14 semanales) a un vuelo diario (7 semanales), entre el 26 de octubre de 2025 y el 28 de marzo de 2026.

A junio de 2026, esos recortes se mantienen vigentes: Atlanta–La Habana ya está eliminada, y la operación se ha consolidado en un solo vuelo diario entre Miami y La Habana, según medios especializados y de noticias que han publicado en junio 16‑17 de 2026. La compañía rectificó parcialmente su anuncio inicial de “suspensión de vuelos regulares a Cuba” y confirmó que, aunque continúa volando a La Habana, solo lo hará desde Miami, con un vuelo diario a partir del 21 de noviembre de 2025, en lugar de dos. Por eso, Delta no abandona Cuba del todo, pero su presencia en la isla se ha reducido netamente.

Delta justifica la medida por una caída fuerte de la demanda que, en algunos análisis, llega a ser del 58%, por la baja rentabilidad y el aumento de los costos operativos en la ruta a La Habana, y por los obstáculos operativos y regulatorios crecientes para las aerolíneas estadounidenses que vuelan a la isla. Al mismo tiempo, el DOT concedió a Delta una “exención temporal de inactividad” (dormancy waiver), lo que le permite congelar sus franjas horarias sin perder los derechos de vuelo a largo plazo, en caso de que el mercado mejore y la compañía decida restablecer frecuencias más adelante.

La gran pregunta que queda en el aire es: ¿cuánto puede Delta mantenerse en Cuba sin que la falta de demanda y los costos altos se conviertan en un problema estructural? ¿Será que seguirá operando solo Miami–La Habana como una ruta de “reserva” y, si el mercado no mejora, ¿retirará incluso esa conexión? ¿O apuesta a que, con el tiempo, la demanda de viajes entre EE.UU. y Cuba recuperará nivel y volverá a expandir frecuencias?

El caso de Delta es un ejemplo claro de cómo las aerolíneas estadounidenses están ajustando su estrategia en el sur. La cancelación de Atlanta–La Habana y la reducción de Miami–La Habana muestran que, aunque la conectividad no desaparece, la viabilidad económica de la ruta es un factor decisivo para la aerolínea. La “exención temporal de inactividad” que le permite Delta guardar sus franjas sin perder derechos de vuelo indica que, aunque se repliega hoy, no está renunciando de forma permanente a su huella en la aviación comercial de la nación caribeña. Esa doble lógica —retraer sin cerrar del todo— abre más preguntas sobre el futuro de la conexión aérea entre EE. UU. y Cuba.