Antes del empate 1‑1 entre Uruguay y Arabia Saudita en el torneo de 2026, algo llamó la atención incluso antes del primer toque de balón: las banderas no se extendieron sobre la cancha, como suele hacerse en la ceremonia inicial. En lugar de desplegar los estandartes sobre el césped, voluntarios sostuvieron en alto las enseñas de ambos países durante todo el acto protocolar. Según se explicó, la FIFA ajustó su rito habitual “por respeto a la cultura árabe y a un símbolo religioso presente en la bandera saudí”, evitando que ese pabellón tocara el suelo.
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La clave está en lo que lleva escrito la bandera verde del reino: la shahada, la frase “No hay más dios que Alá y Mahoma es su mensajero”, considerada una declaración central de la fe islámica. No se trata solo de un elemento gráfico; en Arabia Saudita esa fórmula se entiende como un texto sagrado cuya presencia en la bandera obliga a un trato muy cuidadoso, tanto en actos oficiales como en cualquier uso público. Por ese motivo, en la tradición saudí se considera inaceptable que el estandarte repose en el piso, se arrastre o se use en contextos donde pueda ser pisado o golpeado, algo que ya había generado quejas en el pasado cuando la frase apareció en balones o productos que iban a recibir patadas.
La normativa saudí sobre su símbolo nacional es muy clara: la ley de la bandera establece que cualquier enseña que lleve la shahada no puede izarse a media asta, no debe colocarse en posiciones que sugieran menosprecio y debe ocupar un lugar de honor cuando ondea junto a otros estandartes. Además, la inscripción y la espada aparecen por ambos lados de la tela para que la frase se lea correctamente en cualquier posición, lo que refuerza su carácter religioso y explica por qué no se imprime en objetos que pueden terminar en el suelo. En este contexto legal y cultural, la decisión de ajustar el protocolo en un partido de alto perfil deja de parecer un simple gesto simbólico y pasa a verse como una adaptación necesaria para no entrar en conflicto con esa sensibilidad.
Durante la ceremonia previa al choque contra Uruguay, las imágenes mostraron a los voluntarios sujetando las dos banderas, evitando que la saudita se colocara en el césped como ocurre con el resto de los países. Fuentes vinculadas a la organización explicaron que no se trató de un privilegio aislado, sino de una “muestra de deferencia hacia un emblema que integra palabras sagradas para millones de creyentes”, y que el mismo esquema se repetirá en el siguiente encuentro de Arabia Saudita, por ejemplo ante España en la segunda jornada del Grupo H, donde las enseñas también serán sostenidas en alto. ¿Hasta qué punto estas adaptaciones pueden convertirse en norma cuando se cruzan símbolos religiosos y espectáculos deportivos globales?.
Al final, la propia FIFA y el comité organizador han señalado que el cambio de rutina busca “evitar cualquier situación que pudiera interpretarse como una profanación simbólica” de la bandera saudí, teniendo en cuenta el peso religioso de la shahada en su diseño. La decisión abre varias preguntas para el futuro: ¿debería el protocolo contemplar reglas especiales para otros símbolos con significado espiritual?, ¿cómo equilibrar la imagen homogénea del torneo con la diversidad cultural de los participantes?, ¿es este un precedente que marcará la forma de tratar banderas y emblemas en próximos eventos mundiales?. El Mundial 2026 no solo está dejando goles y resultados, también deja escenas como esta, donde un gesto de protocolo se convierte en tema de conversación global.
