CTE Máximo Gómez en el Mariel

La investigación abierta por la Fiscalía Provincial de Artemisa tras el robo de 135 metros de cable en la Unidad 8 de la termoeléctrica de Mariel vuelve a colocar al sistema eléctrico cubano en el centro de una crisis que ya no admite explicaciones simples. Según la información divulgada, dos personas ajenas a la planta habrían accedido de madrugada a la instalación, cortado cableado energizado y provocado la salida imprevista de una unidad de generación. Otros dos implicados, custodios de la central, son investigados por no detectar el hecho.

El episodio ocurrió el 2 de septiembre, pero sus detalles llegan ahora en un contexto especialmente sensible: apagones prolongados, escasez de combustible, averías frecuentes y una capacidad de generación que sigue siendo insuficiente frente a la demanda. El cable conectaba la Unidad 8 con la casa de suministro de combustible, por lo que su sustracción afectó directamente la operación de la planta. Las autoridades aseguran haber recuperado 67 metros del material y sostienen que la reacción de trabajadores y directivos evitó consecuencias mayores para el Sistema Eléctrico Nacional. Sin embargo, que una instalación estratégica pueda ser vulnerada de ese modo revela también fallas serias en seguridad, custodia y mantenimiento.

La calificación de sabotaje transforma un robo de cable en un delito de extrema gravedad. La legislación cubana contempla penas de siete a quince años de prisión para acciones que afecten instalaciones esenciales; si se consideran graves las consecuencias, las sanciones pueden elevarse de diez a treinta años, e incluso incluir privación perpetua de libertad o pena de muerte en supuestos establecidos por la ley. No se trata de minimizar una acción que pudo empeorar los apagones y poner en riesgo a trabajadores o comunidades, pero sí de preguntarse si la respuesta penal, por sí sola, explica las condiciones que rodean estos hechos.

El robo de metales y componentes eléctricos tiene una dimensión económica evidente. En una sociedad donde el poder adquisitivo se ha deteriorado, donde las vías legales de ingreso resultan insuficientes para muchas familias y donde existen circuitos informales de compra de materias primas, el cobre y otros materiales pueden convertirse en mercancía de supervivencia. Esa realidad no exime a quienes dañan una infraestructura esencial; obliga, en cambio, a mirar la cadena completa: quién compra, quién transporta, qué controles fallan y por qué un recurso vital termina convertido en una opción de reventa.

También merece atención la responsabilidad institucional. La Fiscalía vincula a los custodios por presunto incumplimiento del deber de preservar bienes de una entidad económica. Pero una investigación rigurosa deberá aclarar con qué condiciones trabajaban: número de guardias por turno, iluminación del perímetro, estado de cercas, cámaras, comunicaciones, salario y medios disponibles. Descargar toda la culpa sobre eslabones bajos de una cadena de seguridad puede ser más fácil que reconocer una vulnerabilidad estructural en plantas cuya estabilidad afecta a millones de personas.

No es un hecho aislado. Las autoridades han informado más de 460 investigaciones por afectaciones al sistema eléctrico entre 2025 y el primer semestre de 2026, vinculadas a robo, hurto, daño, receptación y sabotaje. Esa cifra muestra una presión sostenida sobre una red ya debilitada por años de falta de inversión, dependencia de combustibles y mantenimiento insuficiente. Para una familia que organiza comida, agua, descanso y trabajo alrededor de un apagón, las causas técnicas, delictivas o administrativas terminan teniendo la misma consecuencia inmediata: otra noche sin electricidad.

El caso de Mariel plantea una doble urgencia: proteger con eficacia las infraestructuras que sostienen la vida cotidiana y aplicar justicia sin convertir toda expresión de precariedad en una explicación política única. Si el Estado reconoce que cada unidad generadora es decisiva, ¿por qué sus perímetros continúan expuestos a robos capaces de detener la producción? Y si se anuncian castigos severos, ¿habrá también transparencia sobre las fallas materiales y administrativas que permitieron que ocurriera el hecho?