camión aceite atracado en la Lisa, Autopista Nacionol, en La Habana, Cuba

Un video difundido el 4 de septiembre muestra a numerosas personas abalanzándose sobre un camión que transportaba aceite cerca del Cementerio de La Lisa y la Autopista Nacional, en La Habana. La grabación, de 31 segundos, fue publicada por el periodista Jorge Castro y acumuló alrededor de 24.000 visualizaciones en X, donde fue descrita como una escena de saqueo.

La evidencia disponible permite afirmar que hubo una concentración tensa alrededor del vehículo, pero no basta por sí sola para establecer datos decisivos: cuánta mercancía fue tomada, quién era el propietario del aceite, si el transporte tenía escolta, si intervino la Policía o si hubo detenidos. Esa cautela importa. En una crisis de información, convertir un video viral en relato cerrado puede ocultar tanto responsabilidades estatales como circunstancias concretas de quienes aparecen en él.

Aun así, el impacto político y social de la escena es difícil de separar del contexto. El aceite es un producto básico en cualquier cocina cubana y su presencia intermitente, los altos precios y la desigualdad entre quienes cobran en pesos y quienes acceden a divisas han convertido la alimentación en una preocupación cotidiana. Para una familia trabajadora, una jubilada o una madre que depende del salario estatal, la incertidumbre no se mide solo en estadísticas: se mide en horas de cola, sustituciones improvisadas en la comida y dinero que desaparece antes de terminar el mes.

El discurso institucional cubano suele explicar las carencias mediante el bloqueo estadounidense, las dificultades financieras y los problemas de importación. Esos factores tienen peso real y no deben minimizarse. Sin embargo, el video de La Lisa devuelve una pregunta incómoda a la gestión interna: ¿por qué un alimento esencial puede circular como un objeto excepcional, capaz de atraer una multitud y desencadenar una situación de riesgo? La planificación, la distribución desigual, la opacidad de los inventarios y el deterioro del poder adquisitivo también forman parte de la respuesta.

En las reacciones al post predominó la indignación, aunque con sentidos muy diferentes. Algunas personas justificaron el acto desde la desesperación; otras cuestionaron cómo se conoció la ruta del camión e insinuaron fallas de seguridad o preparación previa. También aparecieron comentarios que relacionaron el hecho con una pobreza extrema y con la distancia entre las necesidades populares y las prioridades de quienes toman decisiones. Esa mezcla de rabia, sospecha y vergüenza pública revela un estado de ánimo marcado por la erosión de la confianza.

Conviene rechazar dos simplificaciones. La primera es criminalizar automáticamente a quienes corren hacia un camión de alimentos, como si la necesidad fuera una falla moral individual. La segunda es celebrar cualquier desorden como respuesta política, cuando las pérdidas, la violencia o la represión posterior suelen recaer sobre la misma población empobrecida. Una mirada de izquierda debería situar la responsabilidad principal donde corresponde: en un modelo incapaz de asegurar de forma estable y justa bienes básicos, y en una economía donde sobrevivir depende cada vez más de redes familiares, remesas, mercado informal o emigración.

La escena de La Lisa no demuestra por sí misma un “saqueo nacional”, pero sí condensa un problema mayor: la comida se ha vuelto una fuente de ansiedad y la precariedad puede convertir un camión en un detonante social. Si el Estado conoce la gravedad del abastecimiento, ¿qué mecanismos públicos, verificables y equitativos está aplicando para evitar que la necesidad desemboque en confrontación? ¿Cuánto más puede resistir la vida cotidiana cuando acceder a aceite parece una carrera contra la escasez?