cubano en una azotea de noche y cubanos sentados en la acera durante un apagon nocturno

En las últimas 24 horas, Cuba volvió a ser noticia por dos razones que, vistas en conjunto, dibujan un país partido entre el discurso oficial y la realidad de la calle. Por un lado, medios estatales y voceros gubernamentales destacaron la aprobación de nuevos decretos-leyes que flexibilizan el comercio, permiten usufructo de tierras por tiempo indeterminado y prometen atraer inversión extranjera como parte de una “actualización” del modelo económico. Por otro, en redes sociales y medios independientes circularon testimonios de apagones que superan las 24 horas, denuncias de barrios habaneros con apenas 55 minutos de electricidad en seis días, y videos de niños durmiendo en azoteas para escapar del calor.

El discurso oficial, repetido en Granma, Cubadebate y Canal Caribe, insiste en que las sanciones estadounidenses —ampliadas este jueves contra entidades clave como ABAPET, el Banco Exterior de Cuba y hasta Fidel Ernesto Castro, nieto de Raúl— son la causa única de la crisis energética y económica. El ministro Bruno Rodríguez lo resumió en X: “Basta de abuso. Acaben de poner fin al bloqueo y permitan a Cuba vivir en paz”. Sin embargo, ese relato omite que la red eléctrica cubana lleva años en deterioro estructural, con termoeléctricas fuera de servicio, falta de mantenimiento y una dependencia de combustibles importados que las propias amenazas de aranceles de Trump —desde enero de 2026— han complicado aún más.

Mientras tanto, en la trinchera cotidiana, la narrativa del “ingenio y la resistencia” —titular de CNN en Español este 4 de septiembre— se ha convertido en un mantra que, aunque reconoce la creatividad popular, corre el riesgo de romantizar la supervivencia extrema. Influencers y creadores de contenido difunden recetas para cocinar sin electricidad, tutoriales para purificar agua o ideas para conservar alimentos sin refrigerador. Pero detrás de esos consejos virales hay realidades menos fotogénicas: una madre de Las Tunas denunció que su hijo pasó la noche en un colchón en la azotea, con un ventilador portátil como único alivio, porque el apagón hacía imposible dormir dentro de casa. En La Habana, el músico Ulises Aquino contó que su circuito en el barrio Kholy recibió solo 55 minutos de luz en seis días, con jornadas de apenas cuatro minutos y medio.

Las cifras del sistema eléctrico no dejan margen para el optimismo: el 3 de septiembre, el déficit de generación fue de 1.813 MW, con una disponibilidad de apenas 990 MW frente a una demanda de 3.250 MW. En términos humanos, eso se traduce en circuitos de Playa, Cotorro o Habana del Este con interrupciones de más de 23 horas, y provincias enteras donde los cortes se acumulan día tras día. El impacto concreto es multidimensional: no hay cómo cocinar, los alimentos se echan a perder, los edificios sin bombeo quedan sin agua, y las condiciones para trabajar, estudiar o simplemente descansar se vuelven precarias. Para los más vulnerables —adultos mayores, niños, enfermos crónicos—, cada apagón es una prueba de resistencia física y emocional.

En este contexto, las reformas anunciadas por el Consejo de Estado —usufructo indefinido de tierras, nuevos modelos de negocio, zonas especiales de desarrollo— suenan a promesas de largo plazo en un país que necesita soluciones de corto plazo. La ayuda solidaria de mil pesos a un abuelo que lleva a sus nietos a la escuela en bicicleta, viralizada este jueves, conmueve, pero también interpela: ¿por qué la red de protección social estatal ha sido reemplazada por la filantropía espontánea de creadores de contenido?. Y mientras el Gobierno culpa a Washington y anuncia medidas estructurales, la pregunta que queda flotando es: ¿cuánto tiempo más podrá el “ingenio” cubano suplir la ausencia de políticas públicas efectivas? ¿Hasta cuándo la resistencia creativa dejará de ser un mérito popular para convertirse en un síntoma de abandono institucional?