El Tesoro de EE.UU. amplía la presión sobre la élite y los sectores que sostienen al régimen
El Departamento del Tesoro de EE.UU. anunció este jueves 3 de septiembre de 2026 nuevas sanciones contra Fidel Ernesto Castro Calis, nieto de 31 años de Raúl Castro, y contra cinco entidades estatales cubanas, entre ellas el Banco Exterior de Cuba (BEC), dos compañías del sector energético ligadas a CUPET y dos del níquel. La medida, emitida bajo la Orden Ejecutiva 14404, congela bienes e intereses en territorio estadounidense y prohíbe transacciones con ciudadanos o empresas de EE.UU., salvo licencia expresa de la OFAC.
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Según el comunicado oficial de Washington, el objetivo es “limitar la capacidad del régimen para financiarse y explotar recursos naturales en beneficio propio”, en un contexto de crisis energética y colapsos recurrentes del sistema eléctrico. El secretario de Estado, Marco Rubio, insistió en que la isla “no es un Estado fallido por las sanciones”, sino por “décadas de mala gestión”, y vinculó las designaciones con una estrategia de “presión máxima” que ya había tocado antes a otros familiares de la dinastía Castro.
En La Habana, la narrativa oficial suele presentar el bloqueo como causa única de los apagones, la escasez de combustible y el colapso de servicios básicos. Sin embargo, medios independientes y reportajes internacionales muestran un cuadro más complejo: plantas termoeléctricas envejecidas, falta de mantenimiento, desinversión crónica y una dependencia extrema de importaciones de petróleo que se han visto interrumpidas tras la captura de Nicolás Maduro en enero y la presión de Washington sobre terceros países.
Las sanciones de este jueves apuntan precisamente a los canales que el régimen usa para mover divisas y recursos: el BEC como banca de negocios para comercio exterior; ABAPET y CUPET Comercial en la cadena de importación y comercialización de combustibles; y CEXNI y NICAROTEC en la logística y servicios del níquel en Moa. En paralelo, la industria del níquel —una de las pocas fuentes duras de ingreso— está en jaque: Sherritt International, con operaciones en Moa, enfrenta una crisis de liquidez y dos consorcios respaldados por capital estadounidense pugnan por hacerse con el control mayoritario.
Para la mayoría de los cubanos, estas decisiones de Washington no se traducen en titulares, sino en más incertidumbre. Los apagones ya no tienen horario fijo: pueden durar 12, 20 o incluso más horas, y afectan agua, internet, transporte y conservación de alimentos. Familias en la diáspora describen cómo envían dinero y medicinas a un país donde “no se puede mantener el refrigerador encendido” y donde cada corte de luz es un cálculo de qué se pierde y qué se salva.
Las sanciones a entidades financieras y energéticas pueden endurecer aún más las condiciones para importar combustible y repuestos, encarecer operaciones comerciales y reducir el espacio de maniobra del sector privado emergente, que ya lidia con inflación, salarios deprimidos y pensiones insuficientes. Para jóvenes y trabajadores estatales, la ecuación es conocida: menos electricidad significa menos horas productivas, más deterioro de equipos y, en última instancia, más incentivos para emigrar o buscar ingresos en la economía informal.
En redes sociales, la noticia de las sanciones se mezcla con videos de calles a oscuras, colas interminables y quejas por la falta de predictibilidad del servicio eléctrico. Mientras algunos celebran la presión sobre la élite, otros advierten que el costo lo pagan otra vez los de abajo, en un país donde la frontera entre “régimen” y “pueblo” se vuelve borrosa cuando se corta la luz en un hospital o se echa a perder la comida en un hogar.
Lo que revelan estas sanciones, más allá del símbolo de tocar a un Castro, es un país atrapado entre un cerco externo que se aprieta y un modelo interno que no logra generar energía, divisas ni confianza. ¿Hasta qué punto esta estrategia de presión máxima acelera un cambio político y hasta qué punto simplemente profundiza el colapso cotidiano? Y, sobre todo, ¿qué alternativas reales tienen los cubanos de a pie cuando cada nueva medida, venga de Washington o de La Habana, se traduce en más horas a oscuras y menos margen para sobrevivir?
