Donald Trump y Marco Rubio

La decisión del presidente Donald Trump de prolongar hasta el 14 de septiembre de 2027 las facultades aplicadas a Cuba bajo la Ley de Comercio con el Enemigo vuelve a colocar el embargo en el centro del conflicto bilateral. El memorando, firmado el 20 de agosto y divulgado ahora en el Registro Federal, no crea por sí solo nuevas restricciones sobre viajes, remesas o transacciones cotidianas, pero mantiene el andamiaje jurídico de las Regulaciones para el Control de Activos Cubanos y permite que Washington continúe aplicando sanciones.

La medida tiene una larga historia. La Ley de Comercio con el Enemigo, aprobada en 1917, quedó como una pieza excepcional del régimen de sanciones estadounidense y Cuba sigue siendo el único país bajo este esquema específico, según la documentación oficial cubana sobre el bloqueo. El embargo formal, establecido en 1962 y reforzado luego por leyes como la Helms-Burton, ha limitado el acceso de la Isla a mercados, créditos, intermediarios financieros y tecnología; negar ese efecto sería poco serio.

La Habana ha respondido con una condena previsible, aunque no por ello falsa. El canciller Bruno Rodríguez calificó la extensión como confirmación de una política orientada a “asfixiar” al país, mientras el Gobierno insiste en presentar las sanciones como causa principal de la crisis actual. Sin embargo, la explicación oficial suele dejar fuera preguntas decisivas: ¿por qué una economía tan expuesta a la presión externa depende aún de empresas estatales ineficientes, importaciones concentradas y decisiones administrativas opacas? ¿Qué parte de la escasez, la inflación y el deterioro de los servicios responde a sanciones, y cuál a errores propios acumulados?

Los medios independientes han subrayado que la prórroga no cambia inmediatamente la vida legal de los cubanos en Estados Unidos ni altera de manera automática las remesas familiares. Pero su peso político es mayor que su novedad administrativa: llega tras sanciones estadounidenses contra funcionarios y entidades estatales vinculadas al aparato de influencia exterior, la minería y la construcción, y confirma que el canal de diálogo sigue congelado. En redes sociales, el debate suele dividirse entre quienes ven cualquier presión externa como indispensable ante la falta de libertades y quienes advierten que el costo inmediato lo termina pagando la población, no las élites con acceso a divisas y privilegios.

Para una familia que vive de una pensión estatal, un salario público o un pequeño negocio, el problema no se reduce a una discusión jurídica en Washington. La incertidumbre financiera encarece operaciones, eleva los riesgos de proveedores y mantiene la presión sobre una economía donde ya escasean alimentos, combustible, medicamentos y electricidad. Los jóvenes enfrentan un horizonte de emigración; los trabajadores estatales pierden poder adquisitivo; el sector privado queda atrapado entre regulaciones internas, falta de importaciones y un mercado cambiario fragmentado. El embargo no explica cada fracaso, pero tampoco es un elemento irrelevante.

La prórroga revela, sobre todo, un empate destructivo. Washington mantiene una política que no ha logrado democratizar Cuba ni aliviar a su población; el Gobierno cubano convierte esa presión en argumento defensivo, sin ofrecer reformas verificables que reduzcan la dependencia, amplíen derechos económicos y permitan control ciudadano sobre la gestión pública. ¿Puede la Casa Blanca defender sanciones selectivas sin ampliar el daño indirecto a los hogares? ¿Puede La Habana denunciar el embargo mientras bloquea cambios internos que darían más autonomía a la sociedad?