El artista urbano El Principal volvió a generar conversación al afirmar que Lobo Malo habría utilizado un coro suyo en “Me Parece Justo”, un tema que comenzó a circular recientemente en redes y plataformas de video. La acusación se mueve en el terreno habitual del reparto: fragmentos de canciones, reacciones rápidas, apoyos de seguidores y preguntas sobre quién creó primero una frase, melodía o estructura que luego se vuelve reconocible en la calle. Sin embargo, hasta ahora no se ha localizado una publicación directa, accesible y fechada de El Principal que detalle cuál es el coro en disputa, cuándo lo registró o dónde lo interpretó antes.
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“Me Parece Justo” aparece promocionado como una producción de Lobo Malo y ha alcanzado interacción en redes: una publicación de finales de julio que reproduce el audiovisual registraba cerca de 911 “Me gusta” y unos 18.000 comentarios o reproducciones visibles en su circulación secundaria. El perfil de Instagram de Lobo Malo mantiene clips y publicaciones del artista, aunque el acceso público no permite verificar en detalle la ficha de producción, créditos musicales, autores, productores ni la fecha de composición del tema. Esa falta de datos es justamente el centro del problema: una disputa de autoría no se resuelve por popularidad ni por quién logra imponer una narrativa en un reel.
En la música urbana cubana, el coro cumple una función decisiva. Es la parte más repetible de una canción, la que se adapta a retos virales, fiestas y videos cortos. También puede surgir en dinámicas colectivas: una frase improvisada en un estudio, una referencia tomada de una canción anterior, una respuesta a otro artista o una expresión popular que no pertenece de forma exclusiva a nadie. Por eso, que dos temas compartan palabras o una cadencia no prueba por sí solo una copia. La discusión cambia si existe coincidencia sustancial en letra, melodía, ritmo y orden, y si se demuestra una interpretación, grabación o publicación anterior atribuible a quien reclama.
El Principal tiene derecho a plantear públicamente una sospecha y a pedir reconocimiento si considera que su creación fue usada sin permiso. Lobo Malo, por su parte, tiene derecho a responder con documentación, explicar el proceso creativo y defender la originalidad de su obra. La salida más razonable no es el linchamiento digital ni las campañas de fanáticos, sino una comparación verificable de los fragmentos, fechas de publicación, archivos de estudio, compositores acreditados y registros disponibles. Si hubo colaboración informal o una idea compartida, la solución podría ser un crédito o acuerdo; si no hubo similitud relevante, una aclaración pública ayudaría a cerrar la controversia.
La polémica también muestra una precariedad estructural del sector independiente cubano. Muchos creadores trabajan sin contratos claros, asesoría jurídica, distribución formal ni inscripción sistemática de obras. En ese contexto, el crédito se vuelve frágil y el conflicto se traslada a Instagram, Facebook, TikTok o YouTube, donde la métrica sustituye al documento. Para músicos jóvenes, productores y compositores, perder la autoría de un coro puede equivaler a perder ingresos futuros, visibilidad y una oportunidad de consolidar carrera, especialmente cuando emigrar parece para muchos la única vía de profesionalización.
La discusión no debería reducirse a una batalla de “quién tiene más seguidores”. El reparto ha crecido precisamente porque recoge lenguajes de barrio, creatividad colectiva y circuitos de producción que no dependen por completo de grandes sellos. Pero esa riqueza necesita reglas mínimas: créditos públicos, acuerdos por escrito y respeto al trabajo ajeno. ¿Mostrará El Principal el material previo que sustenta su reclamo? ¿Responderá Lobo Malo con los créditos y el proceso creativo de “Me Parece Justo”?
