Rosario vuelve a ser escenario de una polémica que mezcla política, patrimonio y fútbol. Gabriel Chumpitaz, exdiputado nacional por Santa Fe, anunció un proyecto para sustituir estatuas, murales, plazas y referencias turísticas vinculadas a Ernesto “Che” Guevara por homenajes a Lionel Messi, el otro rosarino convertido en símbolo planetario. La propuesta incluye intervenir espacios como la Plaza Che Guevara, el mural de Plaza de la Cooperación, la casa natal del guerrillero en Entre Ríos 480 y referencias del llamado circuito turístico del Che.
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El argumento de Chumpitaz es claro, aunque no inocente: “El Che divide, Messi nos une”. Según su planteamiento, la ciudad debería proyectarse al mundo mediante el deporte, el esfuerzo individual, el trabajo y una figura de consenso internacional como Messi. El problema es que presentar la discusión como una elección natural entre unidad y división evita reconocer que las ciudades no construyen su identidad eliminando sus capas históricas, sino conviviendo —a veces de manera incómoda— con ellas. La existencia de un circuito del Che no obliga a nadie a convertirlo en héroe político, del mismo modo que un monumento a Messi no exige adherirse a una visión comercial del fútbol.
La iniciativa ha despertado eco en redes sociales, donde se repiten dos tendencias. Una celebra la idea como una actualización turística y una oportunidad para capitalizar la enorme popularidad de Messi, campeón mundial con Argentina en 2022. La otra cuestiona que se pretenda borrar o desplazar una figura que, más allá de controversias legítimas sobre su trayectoria, forma parte de la historia local y de una memoria latinoamericana que excede a Cuba. Medios que recogieron el anuncio confirman que Chumpitaz busca retirar referencias no solo de monumentos, sino también de bibliotecas populares, centros de salud y espacios culturales.
Ese alcance revela que el proyecto no trata únicamente de sumar homenajes deportivos. Se trata de decidir qué relatos merecen visibilidad pública y cuáles deben quedar relegados. El Che nació en Rosario en 1928 y su biografía pertenece a una época de revoluciones, guerras de liberación, tensiones de la Guerra Fría y promesas de transformación social que aún generan debates. Messi, en cambio, expresa una identidad contemporánea atravesada por el éxito deportivo, la industria global del entretenimiento y una excepcional capacidad de representación afectiva. Ambos son rosarinos; reducir uno al conflicto y al otro a la concordia es una simplificación política.
Para una ciudad golpeada por la desigualdad, la violencia vinculada al narcotráfico y dificultades económicas, el debate ofrece también una salida simbólica frente a problemas urgentes. El turismo asociado a Messi puede generar actividad y empleo si se diseña con participación local, protección del espacio público y beneficios para barrios populares, no solo para operadores privados. Pero reemplazar memoria por mercadotecnia no garantiza mejores condiciones de vida para trabajadores, jóvenes o familias que habitan una Rosario mucho menos fotografiable que sus circuitos turísticos.
La discusión será definida por el Concejo Municipal, y allí debería evitarse la falsa alternativa entre preservar al Che o celebrar a Messi. Una ciudad democrática puede contar historias contradictorias sin convertir su patrimonio en una purga ideológica ni en una vitrina de consumo. ¿Qué se gana cuando el debate sobre identidad se formula como sustitución y no como ampliación? ¿Quién decide qué figuras representan a Rosario y qué problemas cotidianos quedan fuera de esa postal?
