Refinería Hermanos Díaz, Santiago de Cuba

La Refinería Hermanos Díaz, en Santiago de Cuba, concluyó su tercera corrida experimental de crudo nacional durante 2026 con la obtención de unas 2.000 toneladas de nafta solvente y 10.000 toneladas de fuel-oil. El dato es relevante: el petróleo cubano es pesado, viscoso, ácido y con alto contenido de azufre, condiciones que dificultan su procesamiento en instalaciones diseñadas en gran medida para materias primas de otra calidad. La experiencia demuestra que, mediante modificaciones en descarga, bombeo, protección de equipos y protocolos operativos, una parte de ese crudo puede convertirse en derivados de mayor utilidad económica.

El discurso oficial presenta el resultado como una muestra de innovación, resistencia tecnológica y aprovechamiento de recursos propios. Esa lectura tiene un fundamento concreto. La nafta solvente puede emplearse para reducir la viscosidad del petróleo extraído en yacimientos cubanos, facilitando su bombeo y transporte; es decir, parte del producto refinado sirve para sostener la propia cadena de extracción. El fuel-oil también tiene una utilidad inmediata para la generación eléctrica, y parte de resultados anteriores fue destinada a la termoeléctrica Antonio Maceo, Renté, en Santiago de Cuba.

Pero el anuncio necesita una proporción que a veces se pierde entre titulares triunfalistas. Las 12.000 toneladas reportadas en esta corrida son un alivio puntual, no una solución estructural a la crisis de abastecimiento. Cuba atraviesa una jornada en la que la Unión Eléctrica prevé afectaciones simultáneas de hasta 68% de la demanda nacional, con una disponibilidad estimada de 1.099 megavatios frente a una demanda máxima de 3.350 MW. La diferencia, de 2.281 MW, revela la magnitud de un sistema que no depende solo de producir combustible, sino de contar con termoeléctricas funcionales, redes estables, piezas de repuesto, financiamiento e importaciones regulares.

Las reacciones en redes han oscilado entre la celebración del ingenio técnico de los trabajadores santiagueros y una pregunta más terrenal: ¿cuándo se traduce esto en menos apagones, mejor transporte o mayor disponibilidad de combustible? Esa distancia entre el éxito industrial y la vida cotidiana es central. Una familia que pasa decenas de horas sin electricidad no evalúa una corrida de refinación por su valor experimental, sino por si mejora la conservación de alimentos, el acceso al agua, el trabajo por cuenta propia o la posibilidad de cargar un teléfono y comunicarse con familiares emigrados.

También conviene observar los límites reconocidos por el propio proceso. En corridas anteriores se obtuvo diésel, pero no con todos los parámetros necesarios para comercializarlo directamente; tuvo que mezclarse con combustible de mejor calidad. Eso no invalida el avance, pero sí desmiente la idea de que el país esté cerca de sustituir sus importaciones con producción interna. La crisis actual combina deterioro acumulado de las plantas termoeléctricas, déficit de inversión, escasez de divisas y dificultades para adquirir diésel y fuel-oil en el exterior. Siete de las 16 unidades termoeléctricas estaban fuera de servicio en la jornada reportada.

La experiencia de la Hermanos Díaz merece atención por su potencial técnico y por el trabajo de especialistas que intentan ampliar las posibilidades de una infraestructura envejecida. Sin embargo, convertir petróleo pesado en productos útiles no equivale todavía a convertir una economía energética vulnerable en un sistema seguro para la población. ¿Podrán estas pruebas escalar sin comprometer equipos ya sometidos a fuerte desgaste? ¿Habrá transparencia suficiente para medir cuánto combustible adicional llega realmente a los hogares, el transporte y la generación eléctrica?