Lautaro Carmona en Cuba

La afirmación del presidente del Partido Comunista de Chile, Lautaro Carmona, de que Cuba “es un sistema democrático, desde el punto de vista de la historia”, volvió a instalar una controversia que en América Latina nunca termina de cerrarse. Su defensa del unipartidismo cubano como herencia histórica de la lucha independentista puede servir como explicación de origen, pero no alcanza para describir el funcionamiento real del poder en la isla.

Carmona habló en un momento sensible: Cuba arrastra una crisis económica y social profunda, con escasez, emigración masiva y una estructura institucional que no admite competencia política real. La propia Constitución de 2019 consagra al Partido Comunista como “fuerza dirigente superior” del Estado y la sociedad, mientras organismos internacionales como Freedom House mantienen al país en la categoría de “No Libre”, con apenas 9 puntos sobre 100 y cero en derechos políticos.

El discurso oficial cubano suele sostener que su sistema es democrático porque se apoya en la participación popular, en la soberanía nacional y en una historia de resistencia frente a Estados Unidos. Esa narrativa no es nueva: forma parte del lenguaje político de la Revolución desde hace décadas. Pero el problema aparece cuando esa definición choca con la ausencia de oposición legal, la restricción de la prensa independiente y la imposibilidad de alternancia institucional, rasgos que en casi cualquier estándar comparado limitan severamente el uso de la palabra democracia.

La discusión no es solo semántica. En Cuba, defender el modelo también implica defender un esquema donde el poder se concentra, la crítica pública se penaliza y el ciudadano común vive con menos capacidad de incidir en las decisiones que afectan su vida. Para jóvenes, trabajadores estatales y familias que sobreviven entre salarios insuficientes y apagones, esa discusión teórica se traduce en una pregunta más concreta: ¿qué margen real existe para exigir cambios cuando el sistema político no permite competencia efectiva ni canales abiertos de disenso?

Las reacciones en redes y en medios mostraron justamente esa grieta. En la cobertura citada por CiberCuba, las declaraciones de Carmona fueron cuestionadas por figuras políticas chilenas y contrastadas con indicadores internacionales que no consideran a Cuba una democracia. Pero más allá del debate partidista en Chile, el fondo del asunto vuelve a ser Cuba: un país donde el lenguaje oficial insiste en hablar de participación y poder popular, mientras la experiencia cotidiana de muchos cubanos está marcada por censura, migración y un malestar social que se expresa cada vez más fuera de los canales institucionales.

Al final, Carmona no solo defendió una lectura histórica; también reabrió una pregunta incómoda sobre el presente. ¿Puede llamarse democrático un sistema sin pluralismo político real, sin prensa libre y con un solo partido legal? ¿O la historia, por sí sola, ya no alcanza para sostener una palabra que hoy exige algo más que memoria revolucionaria?